Durkheim
DL CONCLUSION
I
Podemos
ahora resolver el problema práctico que nos hemos planteado al
comienzo de este
trabajo.
Si
hay una regla de conducta en la que el carácter moral no se
discuta, es la que
nos ordena realizar en nosotros los rasgos esenciales del tipo
colectivo. En
los pueblos inferiores es donde alcanza su rigor máximo.
Allí, el primer deber
es hacer que todo el mundo se parezca, que no haya nada personal
ni en orden a
las creencias ni en orden a las prácticas. En las sociedades
más avanzadas, las
semejanzas exigidas son menos numerosas; las hay, sin embargo, como
hemos
visto, cuya ausencia nos coloca en un estado de falta moral. Sin duda
que el
crimen cuenta menos categorías diferentes; pero, hoy como antes,
si el criminal
es objeto de reprobación, lo es por no ser nuestro semejante. De
igual manera,
en un grado inferior, los actos simplemente inmorales y prohibidos como
tales
son los que manifiestan semejanzas menos profundas, aunque graves
todavía. ¿No
es ésta, por lo demás, la regla que la moral común
expresa, aunque en un
lenguaje algo diferente, cuando ordena al hombre ser un hombre en toda
la
acepción de la palabra, es decir, tener todas las ideas y todos
los sentimientos
que constituyen una conciencia humana? No cabe duda que, si se toma la
fórmula
al pie de la letra, el hombre que en ella se presenta será el
hombre en general
y no el de tal o cual especie social. Pero, en realidad, esta
conciencia humana
que integralmente debemos realizar en nosotros, no es otra cosa que la
conciencia colectiva del grupo de que formamos parte. ¿Pues, de
qué puede
componerse sino es de las ideas y de los sentimientos a que nos
hallamos más
ligados? ¿Dónde iríamos a buscar los rasgos de
nuestro modelo sino en nosotros
mismos y alrededor nuestro? Si creemos que este ideal colectivo es el
de la
humanidad entera, es que ha devenido bastante abstracto y general para
que
parezca que conviene a todos los hombres sin distinción. Pero,
de hecho, cada
pueblo se forma de ese tipo que se dice humano una concepción
particular que corresponde
a su temperamento personal. Cada uno se lo representa a su imagen.
Incluso el
moralista que cree poder, por la fuerza del pensamiento, sustraerse a
la
influencia de las ideas que le rodean, no lograría llegar a
conseguirlo, pues
se halla todo impregnado de las mismas y, haga lo que haga, son
aquéllas las
que vuelve a encontrar en las consecuencias de sus deducciones. Por eso
cada
nación tiene su escuela de filosofía moral en
relación con su carácter.
Por
otra parte, hemos demostrado que esa regla tenía por
función prevenir toda
conmoción de la conciencia común y, por consiguiente, de
la solidaridad social,
y que no puede librarse de ese papel sino a condición de tener
un carácter
moral. Es imposible que las ofensas a los sentimientos colectivos
más
fundamentales sean toleradas sin que la sociedad se desintegre; pero es
preciso
combatirlas con la ayuda de esta reacción particularmente
enérgica que va unida
a las reglas morales.
Ahora
bien, la regla contraria, que nos ordena especializarnos, tiene la
misma
función exactamente. También es necesaria a la
cohesión de las sociedades, al
menos a partir de un cierto momento de su evolución. Sin duda
que la
solidaridad que ella asegura difiere de la precedente; pero, aun cuando
sea
otra, no por eso es menos indispensable. Las sociedades superiores no
pueden
mantenerse en equilibrio como el trabajo no se halle dividido; la
atracción del
semejante por el semejante cada vez vale menos para producir este
efecto. Si,
pues, el carácter moral de la primera de esas reglas es
necesario para que
pueda desempeñar su papel, esta necesidad no es menor para la
segunda.
Corresponden ambas a la misma necesidad social y la satisfacen tan
sólo de
diferentes maneras, porque las condiciones mismas de existencia de las
sociedades
difieren a su vez. Por consiguiente, sin que sea necesario especular
sobre el
fundamento primero de la ética, podemos inducir el valor moral
de la una del
valor moral de la otra. Si, desde ciertos puntos de vista, hay entre
ellas un
verdadero antagonismo, no es porque sirvan a fines diferentes; al
contrario,
conducen al mismo fin, pero por caminos opuestos. En consecuencia, no
es
necesario elegir entre las mismas de una vez para siempre, ni condenar
la una
en nombre de la otra; lo que hace falta es procurar a cada una, en cada
momento
de la historia, el lugar que le conviene.
Quizá
podamos generalizar aún más.
Las
necesidades de nuestro tema nos han obligado, en efecto, a clasificar
las
reglas morales y a pasar en revista las principales especies. Estamos
así en
mejor situación que al principio para percibir, o cuando menos
para conjeturar,
no sólo el signo exterior, sino la característica interna
común a todas y que
puede servir para definirlas. Las hemos clasificado en dos
géneros: reglas de
sanción represiva, bien difusa, bien orgánica; y reglas
de sanción restitutiva.
Hemos visto que las primeras expresan las condiciones de esta
solidaridad sui
generis que deriva de las semejanzas y a la cual hemos dado el
nombre de
mecánica; las segundas son las de la solidaridad negativa (1) y
de la
solidaridad orgánica. Podemos, pues, decir, de una manera
general, que la
característica de las reglas morales es la de enunciar las
condiciones
fundamentales de la solidaridad social. El derecho y la moral, tal es
el conjunto
de lazos que nos ligan unos a otros y a la sociedad, y que hacen de la
masa de
los individuos un agregado, uno y coherente. Puede decirse que es moral
todo lo
que constituye fuente de solidaridad, todo lo que fuerza al hombre a
contar con
otro, a regular sus movimientos con arreglo a algo más que los
impulsos de su
egoísmo, y la moralidad es tanto más sólida cuanto
más numerosos son sus lazos
y más fuertes Bien se ve hasta qué punto es inexacto
definirla, como con
frecuencia se ha hecho, por libertad; al contrario, más bien
consiste en un
estado de dependencia. Lejos de servir para emancipar al individuo, a
fin de
desligarle del medio que lo envuelve, tiene, al contrario, por
función esencial
hacer que forme parte integrante de un todo, y, por consiguiente,
arrebatarle
algo de su libertad de movimientos. Encuéntranse a veces, es
verdad, almas que
no son nobles y que, por consiguiente, hallan intolerable la idea de
esta
dependencia. Pero es que no perciben las fuentes de donde mana su
propia
moralidad, porque esas fuentes son muy profundas. La conciencia es un
mal juez
de lo que pasa en el fondo del ser, porque no penetra hasta él.
La
sociedad no es, pues, como con frecuencia se ha creído, un
acontecimiento
extraño a la moral o que no tiene sobre ella más que
repercusiones secundarias;
por el contrario, es la condición necesaria. No es una simple
yuxtaposición de
individuos que aportan, al entrar en ella, una moralidad
intrínseca; por el
contrario, el hombre no es un ser moral sino por vivir en sociedad,
puesto que
la moralidad consiste en ser solidario a un grupo y varía como
esta
solidaridad. Haced que se desvanezca toda vida social y la vida moral
se
desvanecerá al mismo tiempo, careciendo ya de objeto a que
unirse. El estado de
naturaleza de los filósofos del siglo XVIII, si no es inmoral,
es al menos amoral;
así lo reconocía el mismo Rousseau. Además, por
eso no volvemos a la fórmula
que da expresión a la moral en función del interés
social. No cabe duda que la
sociedad no puede existir si las partes no son solidarias; pero la
solidaridad
no es más que una de sus condiciones de existencia. Hay muchas
otras que no son
menos necesarias y que no son morales. Además, puede ocurrir
que, en esa red de
lazos que constituyen la moral, los haya que no sean útiles por
sí mismos o que
posean una fuerza sin relación con su grado de utilidad. La idea
de útil no
entra, pues, como elemento esencial en nuestra definición.
En
cuanto a lo que se llama moral individual, si por tal se entiende un
conjunto
de deberes en los que el individuo sería a la vez el sujeto y el
objeto, y que
no le ligarían más que consigo mismo y que, por
consiguiente, subsistirían aun
cuando estuviera solo, es una concepción abstracta que no
corresponde a nada en
la realidad. La moral, en todos sus grados, jamás se ha
encontrado sino en el
estado de sociedad, no ha variado nunca sino en función de
condiciones
sociales. Es, pues, salirse de los hechos y entrar en el dominio de las
hipótesis gratuitas y de las imaginaciones incomprobables, el
preguntarse qué
podría llegar a ser si las sociedades no existieran. Los deberes
del individuo
para consigo mismo son, en realidad, deberes para con la sociedad;
corresponden
a ciertos sentimientos colectivos que ya no se permite ofender, lo
mismo cuando
la ofensa y el ofensor son una sola y misma persona, que cuando son dos
seres
distintos. Hoy día, por ejemplo, hay en todas las conciencias
sanas un
sentimiento muy vivo de respeto por la dignidad humana, al cual estamos
obligados a conformar nuestra conducta tanto en las relaciones con
nosotros
mismos como en nuestras relaciones con otro, y tal es lo esencial
inclusive de
la moral que se llama individual. Todo acto que la contraviene se
condena, aun
cuando el agente y el que padece el delito constituyan una sola
persona. He
aquí por qué, siguiendo la fórmula kantiana,
debemos respetar la personalidad
humana donde quiera que se encuentre, es decir, en nosotros como en
nuestros
semejantes. Y es que el sentimiento cuyo objeto constituye no se
encuentra
menos herido en un caso que en el otro.
Ahora
bien, no sólo la división del trabajo presenta la
característica con arreglo a
la cual definimos la moralidad, sino que tiende cada vez más a
devenir la,
condición esencial de la solidaridad social. A medida que se
avanza en la
evolución, los lazos que ligan al individuo a su familia, al
suelo natal, a las
tradiciones que le ha legado el pasado, a los usos colectivos del
grupo, se
aflojan. Más movible, cambia más fácilmente de
medio, abandona a los suyos para
marcharse a otro sitio a vivir una vida más autónoma, se
forma, además, él
mismo sus ideas y sentimientos. Sin duda que toda conciencia
común no
desaparece por eso; quedará siempre, cuando menos, ese culto a
la persona, a la
dignidad individual, de que acabamos de hablar y que, desde ahora, es
el único
centro de reunión de tantos espíritus. Pero, ¡bien
poca cosa es, sobre todo si
se piensa en la extensión cada vez mayor de la vida social y,
por repercusión,
de las conciencias individuales! Pues, como éstas devienen
más voluminosas,
como la inteligencia se hace más rica, la actividad más
variable, para que la
moralidad permanezca constante, es decir, para que el individuo
permanezca
fijado al grupo con una fuerza simplemente igual a la de antes, es
preciso que
los lazos que a él le ligan se hagan más fuertes y
más numerosos. Si, pues, no
se han formado otros que los que derivan de las semejanzas, la
desaparición del
tipo segmentario sería acompañada de un descenso regular
de la moralidad. El
hombre no se encontraría ya suficientemente contenido; no
sentiría lo bastante
alrededor de él, y sobre él esa presión
beneficiosa de la sociedad, que modera
su egoísmo y le convierte en un ser moral. He ahí lo que
da el valor moral a la
división del trabajo. Y es que, por ella, el individuo adquiere
conciencia de
su estado de dependencia frente a la sociedad; de ella vienen las
fuerzas que
le retienen y le contienen. En una palabra, puesto que de la
división del
trabajo deviene la fuente eminente de la solidaridad social, llega a
ser, al mismo
tiempo, la base del orden moral.
Cabe,
pues, decir literalmente que, en las sociedades superiores, el deber no
consiste en extender nuestra actividad en forma superficial, sino en
concentrarla y especializarla.
Debemos
limitar nuestro horizonte, elegir una tarea definida y meternos en ella
por
entero, en lugar de hacer de nuestro ser una especie de obra de arte
acabada,
completa, que saque todo su valor de sí misma y no de los
servicios que rinde.
En fin, esta especialización debe llevarse tanto más
lejos cuanto más elevada
es la sociedad, sin que sea posible asignarle otro límite (2).
Debemos, sin
duda, trabajar también en realizar el tipo colectivo en la
medida en que
existe. Hay sentimientos comunes, ideas comunes sin las cuales, como se
dice,
no se es un hombre. La regla que nos prescribe especializarnos queda
limitada
por la regla contraria. Nuestra conclusión no es que sea bueno
llevar la
especialización tan lejos como sea posible, sino tan lejos como
sea necesario.
Y en cuanto a lo que corresponde hacer entre esas dos necesidades
antagónicas,
se determina por la experiencia y no deberá calcularse a
priori. Nos
basta haber mostrado que la segunda no es de naturaleza diferente a la
primera,
sino que también es moral, y que, además, ese deber se
hace cada vez más
importante y más apremiante porque las cualidades generales que
acaban de
señalarse se bastan cada vez menos para socializar al individuo.
No
sin razón el sentimiento público experimenta un
alejamiento cada vez más
pronunciado por el diletante e incluso por esos hombres que, muy
enamorados de
una cultura exclusivamente general, rehuyen el dejarse coger por entero
en las
mallas de la organización profesional. Y es que, en efecto, no
se adaptan
bastante a la sociedad o, si se quiere, la sociedad no los retiene
suficientemente; se le escapan, y, precisamente porque no la sienten ni
con la
vivacidad ni con la continuidad que sería menester, no tienen
conciencia de
todas las obligaciones que les impone su condición de seres
sociales. Siendo el
ideal general a que están ligados, por razones que hemos dicho,
formal y
flotante, no puede sacarlos mucho de sí mismos. No se va muy
lejos cuando no se
tiene un objetivo más determinado y, por consiguiente, apenas si
se puede uno
elevar por cima de un egoísmo más o menos refinado. El
que, por el contrario,
se ha dado a una tarea definida, a cada instante se siente llamado
hacia el
sentimiento de solidaridad común por mil deberes de moralidad
profesional (3).
II
¿Pero
es que la división del trabajo, al hacer de cada uno de nosotros
un ser
incompleto, no lleva tras de sí una disminución de la
personalidad individual?
Es un reproche que con frecuencia se le ha dirigido.
Notemos,
ante todo, que es difícil percibir por qué estaría
más en la lógica de la
naturaleza humana desarrollarse en superficie que en profundidad.
¿Por qué una
actividad más extendida, pero más dispersa, sería
superior a una actividad más
concentrada, pero circunscrita? ¿Por qué habría
más dignidad en ser completo y
mediocre, que en vivir una vida más especial, pero más
intensa, sobre todo si
nos es posible encontrar lo que con ello perdemos, mediante la
asociación con
otros seres que poseen lo que nos falta, y así nos completan? Se
parte del
principio de que el hombre debe realizar su naturaleza de hombre, dar
cumplimiento a su oiceion ergon como decía Aristóteles.
Pero esta naturaleza no
es constante en los diferentes momentos de la historia: se modifica con
las
sociedades. En los pueblos inferiores el acto propio del hombre es
asemejarse a
sus compañeros, hacer que en sí se realicen todos los
rasgos del tipo
colectivo, que entonces se confundía, más que hoy
todavía, con el tipo humano.
Pero, en las sociedades más avanzadas, su naturaleza es, en gran
parte,
constituir un órgano de la sociedad, y su propio acto, por
consiguiente,
desempeñar su función de órgano.
Hay
más: lejos de verse cohibida por los progresos de la
especialización, la
personalidad individual se desenvuelve con la división del
trabajo.
En
efecto, ser una persona es ser una fuente autónoma de
acción. El hombre no
adquiere, pues, esta cualidad sino en la medida en que hay en él
algo que le es
propio, que a él sólo corresponde y que le individualiza;
en que viene a ser
algo más que una simple encarnación del tipo
genérico de su raza y de su grupo.
Se dirá que, en cualquier situación, está dotado
de libre arbitrio y ello basta
para fundamentar su personalidad. Pero, sea lo que fuere de dicha
libertad,
objeto de tanta discusión, no es ese atributo metafísico,
impersonal,
invariable, el que puede servir de base única a la personalidad
concreta,
empírica y variable de los individuos. No podría
constituirse ésta por el poder
abstracto de elección entre dos contrarios, sino que será
preciso también que
tal facultad se ejerza sobre fines y móviles propios para el
agente. En otros
términos, es menester que los materiales mismos de su
conciencia tengan un
carácter personal. Ahora bien, hemos visto, en el libro segundo
de esta obra,
que ese resultado se produce progresivamente, a medida que la
división del
trabajo ella misma progresa. La desaparición progresiva del
tipo segmentario,
a la vez que necesita una especialización más grande,
separa parcialmente la
conciencia individual del medio orgánico que la soporta, como
del medio social
que la envuelve y, a consecuencia de esta doble
emancipación, el individuo
deviene cada vez más un factor independiente de su propia
conducta. La división
del trabajo contribuye por sí misma a esta
liberación, pues las naturalezas
individuales, al especializarse, se hacen más complejas y, por
eso mismo, se
sustraen en parte a la acción colectiva y a las influencias
hereditarias, que
no pueden, en manera alguna, ejercerse más que sobre cosas
simples y generales.
A
consecuencia, pues, de una verdadera ilusión se ha podido
algunas veces creer
que la personalidad era más completa en tanto la división
del trabajo no la
había penetrado. No cabe duda que, vistas de fuera la
diversidad de ocupaciones
que entonces abarcaba el individuo, cabía pareciese que se
desenvolvía de una
manera más libre y más completa Pero, en realidad, esa
actividad que manifiesta
no es la suya. Es la sociedad, es la raza que actúan en
él y por él; no es más
que el intermediario a través del cual aquéllas
encuentran realización. Su
libertad sólo es aparente y su personalidad prestada.
Imagínanse que, por ser
la vida de estas sociedades, en ciertos aspectos, menos regular, los
talentos
originales pueden más fácilmente hacerse hoy día,
que es más fácil a cada uno
seguir sus gustos propios, que un espacio más amplio se
deja a la fantasía
libre. Pero esto es olvidar que los sentimientos personales son
entonces muy
raros. Si los móviles que gobiernan la conducta no vuelven a
aparecer con la
misma periodicidad que hoy, no dejan de ser colectivos, por
consiguiente
impersonales, y lo mismo ocurre con las acciones que inspiran. Por otra
parte,
hemos mostrado más arriba cómo la actividad se hace
más rica y más intensa a
medida que se hace más especial (4).
Así,
pues, los progresos de la personalidad individual y los de la
división del
trabajo dependen de una sola y misma causa. Es imposible, por
consiguiente,
querer los unos sin querer los otros. Ahora bien, nadie duda hoy del
carácter
obligatorio de la regla que nos ordena ser, y ser, cada vez más,
una persona.
Una
última consideración va a hacernos ver hasta qué
punto la división del trabajo
está ligada a toda nuestra vida moral.
Constituye
un sueño, desde hace tiempo acariciado por los hombres, llegar
al fin a
realizar en los hechos el ideal de la fraternidad humana. Los pueblos
desean un
estado en el que la guerra no volviera a ser la ley de las relaciones
internacionales,
en que las relaciones de las sociedades entre sí se regularen
pacíficamente,
como ya ocurre entre los individuos, y en que todos los hombres
colaboraren en
la misma obra y vivieran la misma vida. Aunque estas aspiraciones sean
en parte
neutralizadas por las que tienen por objeto la sociedad particular de
que
formamos parte, no dejan de ser muy vivas y adquieren más fuerza
cada vez.
Ahora bien, no pueden satisfacerse como no formen todos los hombres una
misma
sociedad, sometida a las mismas leyes, pues, de igual manera que los
conflictos
privados no pueden contenerse sino por la acción reguladora
de la sociedad que
envuelve a los individuos, los conflictos intersociales no pueden
contenerse
sino por la acción reguladora de una sociedad que comprenda en
su seno a todas
las demás La única potencia que puede servir de moderador
al egoísmo individual
es la del grupo; la única que puede servir de moderador al
egoísmo de los
grupos es la de otro grupo que los comprenda.
A
decir verdad, cuando se plantea el problema en esos términos, es
preciso
reconocer que ese ideal no está en vísperas de realizarse
íntegramente, pues
hay excesivas diversidades intelectuales y morales entre los diferentes
tipos
sociales que coexisten sobre la tierra para que puedan fraternizar en
el seno
de una misma sociedad. Pero lo que sí es posible es que las
sociedades de la
misma especie se junten, y en ese sentido parece dirigirse nuestra
evolución.
Ya hemos visto que, por encima de los pueblos europeos, tiende a
formarse, por
un movimiento espontáneo, una sociedad europea que tiene, desde
ahora, un
cierto sentimiento de sí misma y un comienzo de
organización (5). Si la
formación de una sociedad humana única jamás es
posible, lo que, sin embargo,
no está demostrado (6), al menos la formación de
sociedades cada vez más vastas
nos acerca indefinidamente al fin. Esos hechos, por lo demás, no
contradicen en
nada la definición que hemos dado de la moralidad, pues, si nos
atenemos a la
humanidad, y a ella hay que atenerse, es por tratarse de una sociedad
que está
en vías de realizarse y de la que de esta manera somos
solidarios (7).
Ahora
bien, sabemos que sociedades más vastas no pueden formarse sin
que la división
del trabajo se desenvuelva, pues, no sólo no podrían
mantenerse en equilibrio
sin una especialización mayor de las funciones, sino que,
además, el aumento
del número de concurrentes bastaría para producir
mecánicamente ese resultado;
y esto tanto más cuanto el crecimiento de volumen no va, en
general, sin un
crecimiento de densidad. Se puede, pues, formular la proposición
siguiente: el
ideal de la fraternidad humana no puede realizarse sino en la medida en
que la
división del trabajo progresa. Es preciso escoger: o renunciar a
nuestro sueño,
o bien perseguir su realización, mas con la condición que
acabamos de señalar.
III
Pero,
si la división del trabajo produce la solidaridad, no es
sólo porque haga de
cada individuo un factor de permuta, como dicen los economistas (8), es
que
crea entre los hombres todo un sistema de derechos y deberes que los
liga unos
a otros de una manera durable. De la misma manera que las semejanzas
sociales
dan origen a un derecho y a una moral que las protegen, la
división del trabajo
da origen a reglas que aseguran el concurso pacífico y regular
de las funciones
divididas. Si los economistas han creído que engendraba una
solidaridad
suficiente, sea cual fuere la manera de hacerse, y si, por
consecuencia, han
sostenido que las sociedades humanas podían y debían
resolverse en asociaciones
puramente económicas, es que han pensado que no afectaba
más que a intereses
individuales y temporales. Por consiguiente, para estimar los intereses
en
conflicto y la manera como deben equilibrarse, es decir, para
determinar las
condiciones en que debe hacerse el cambio, sólo los individuos
son competentes;
y como esos intereses se hallan en un perpetuo devenir, no hay lugar
para
ninguna reglamentación permanente. Mas una tal concepción
es, bajo todos los
aspectos, inadecuada en relación con los hechos La
división del trabajo no
coloca frente a frente a los individuos, sino a las funciones sociales.
Ahora
bien, la sociedad hállase interesada en el juego de estas
últimas: según
concurran o no en forma regular, gozará o no de salud. Su
existencia depende,
pues, de eso, y tanto más estrechamente cuanto más
divididas se encuentren
aquéllas. De ahí que no pueda dejárselo en un
estado de indeterminación, aparte
de que ya ellas se determinen por sí mismas. Fórmanse de
esta manera esas
reglas cuyo número se aumenta a medida que el trabajo se divide
y cuya ausencia
hace a la solidaridad orgánica, o imposible, o imperfecta.
Pero
no basta que haya reglas, es preciso, además, que sean justas, y
para eso es
necesario que las condiciones exteriores de la concurrencia sean
iguales. Si,
por otra parte, se recuerda que la conciencia colectiva se reduce cada
vez más
al culto por el individuo, se verá que lo que caracteriza la
moral de las
sociedades organizadas, comparada a la de las sociedades segmentarias,
es que
tiene algo de más humano, por consiguiente, de más
racional. No hace depender
nuestra actividad de fines que no nos tocan directamente; no hace de
nosotros
los servidores de poderes ideales y de naturaleza distinta a la
nuestra, que
siguen sus propios caminos sin preocuparse de los intereses de los
hombres.
Sólo nos pide ser afectuosos con nuestros semejantes y ser
justos, cumplir bien
nuestra misión, trabajar en forma que cada uno sea llamado a la
función que
mejor puede llenar, y reciba el justo precio a sus esfuerzos. Las
reglas que la
constituyen no poseen una fuerza coactiva que ahogue el libre examen;
somos
incluso más libres frente a ellas, porque están hechas
para nosotros, y, en un
cierto sentido, por nosotros. Queremos comprenderlas y tememos menos
cambiarlas. Es necesario, además, tener cuidado con encontrar
insuficiente un
ideal semejante, bajo pretexto de que es muy vulgar y se halla muy a
nuestro
alcance. Un ideal no es más elevado porque sea más
transcendente sino porque
nos proporciona más vastas perspectivas. Lo que importa no es
que se cierna muy
por encima de nosotros, hasta el extremo de resultarnos extraño,
sino que abra
a nuestra actividad un campo bastante amplio, y es preciso que
éste se
encuentre en vísperas de poder realizarse. No nos damos bastante
cuenta hasta
qué extremo es una obra laboriosa edificar esta sociedad en la
que cada
individuo tendrá el lugar que merece y será recompensado
como merece, y en la
que todo el mundo, por consiguiente, concurra en forma
espontánea al bien de
todos y de cada uno. De igual manera, una moral no se halla por encima
de otra
porque ordene de una manera más seca y autoritaria, porque se
encuentre más
sustraída a la reflexión. No cabe duda que es preciso que
nos ligue a algo más
que a nosotros mismos, pero no es necesario que nos encadene hasta el
punto de
inmovilizarnos
Se ha
dicho (9), con razón, que la moral —y por tal debe entenderse,
no sólo las
doctrinas, sino las costumbres— atraviesa una crisis formidable. Todo
lo
expuesto puede ayudarnos a comprender la naturaleza y las causas de
este estado
enfermizo. Cambios profundos se han producido, y en muy poco tiempo, en
la
estructura de nuestras sociedades; se han libertado del tipo
segmentario con
una rapidez y en proporciones de que no hay otro ejemplo en la
historia. Por
consiguiente, la moral que corresponde a ese tipo social ha
retrocedido, pero
sin que el otro se desenvolviera lo bastante rápido para ocupar
el terreno que
la primera dejaba vacío en nuestras conciencias. Nuestra fe se
ha quebrantado;
la tradición ha perdido parte de su imperio; el juicio
individual se ha
emancipado del juicio colectivo. Mas, por otra parte, las funciones que
se han
disociado en el transcurso de la tormenta no han tenido tiempo de
ajustarse las
unas a las otras; la nueva vida que se ha desenvuelto como de golpe no
ha
podido organizarse por completo, y, sobre todo, no se ha organizado en
forma
que satisfaga la necesidad de justicia, que se ha despertado más
ardiente en
nuestros corazones. Siendo así, el remedio al mal no es buscar
que resuciten
tradiciones y prácticas que, no respondiendo ya a las
condiciones presentes del
estado social, no podrían vivir más que una vida
artificial y aparente. Lo que
se necesita es hacer que cese esa anomia, es encontrar los medios de
hacer que
concurran armónicamente esos órganos que todavía
se dedican a movimientos
discordantes, introducir en sus relaciones más justicia,
atenuando cada vez más
esas desigualdades externas que constituyen la fuente del mal. Nuestro
malestar
no es, pues, como a veces parece creerse, de orden intelectual; tiene
causas
más profundas. No sufrimos porque no sepamos sobre qué
noción teórica apoyar la
moral que hasta aquí practicábamos, sino porque, en
algunas de sus partes, esta
moral se halla irremediablemente quebrantada, y la que necesitamos
está tan
sólo en vías de formación. Nuestra ansiedad no
viene de que la crítica de los
sabios haya arruinado la explicación tradicional que nos daban
de nuestros
deberes, y, por consiguiente, no es un nuevo sistema filosófico
el que podrá
jamás disiparla, sino de que, de algunos de esos deberes, no
estando ya basados
en la realidad de las cosas, resulta un aflojamiento que no
podrá terminar sino
a medida que una nueva disciplina se establezca y consolide. En una
palabra,
nuestro primer deber actualmente es hacernos una moral. Semejante obra
no
deberá improvisarse en el silencio del gabinete; sólo por
sí misma puede
elevarse, poco a poco, bajo la presión de causas internas que la
hacen
necesaria. Mas, para lo que la reflexión puede y debe servir es
a señalar el
fin que es preciso alcanzar. Tal es lo que hemos intentado nosotros
hacer.
NOTAS
(1)
Ver libro 1, cap. III, párrafo 2.
(2) Sin embargo, hay quizá otro límite, pero del que no tenemos que hablar, porque se refiere más bien a la higiene individual. Cabe sostener que a consecuencia de nuestra organización orgánicofísica, la división del trabajo no puede pasar un cierto límite sin que resulten desórdenes. Sin entrar en la cuestión, hagamos notar, sin embargo, que la extrema especialización a que han llegado las funciones biológicas no parece favorable a esta hipótesis. Además, en el orden mismo de las funciones físicas y sociales, ¿es que, a consecuencia del desenvolvimiento histórico, la división del trabajo no ha sido llevada al último grado entre el hombre y la mujer? ¿Es que no se han perdido facultades enteras por esta última, y recíprocamente? ¿Por qué no se produciría el mismo fenómeno entre individuos del mismo sexo? Sin duda que es siempre preciso tiempo para que el organismo se adapte a esos cambios; pero no se ve por qué ha de venir un día en que esta adaptación se haga imposible.
(3)
Entre las consecuencias prácticas que podrían deducirse
de la afirmación que
acabamos de sentar hay una que interesa a la pedagogía.
Razónase siempre en
materia de educación como si la base moral del hombre estuviera
constituida de
generalidades. Acabamos de ver que no es así. El hombre
está destinado a llenar
una función especial en el organismo social y, por consiguiente,
es preciso que
por adelantado aprenda a desempeñar su papel de órgano;
una educación es para
eso necesaria, lo mismo que para enterarse de su papel de hombre, como
suele
decirse. No queremos decir, por lo demás, que sea preciso educar
al niño
prematuramente para tal o cual profesión, sino que es preciso
hacerle que ame
las tareas circunscritas y los horizontes definidos. Ahora bien, ese
gusto es
muy diferente del de las cosas generales y no puede despertarse por los
mismos
medios.
(4)
Ver más arriba, págs. 325 y sigs. y pág. 371.
(5)
Véase libro II, cap. II al final.
(6)
Nada hay que diga que la diversidad intelectual y moral de las
sociedades deba
mantenerse. La expansión cada vez mayor de las sociedades
superiores, de la que
resulta la absorción o la eliminación de las sociedades
menos avanzadas,
tiende, en todo caso, a disminuirla.
(7)
Igualmente, los deberes que tenemos para con ella no superan a los que
nos
ligan a nuestra patria, pues es ésta la única sociedad,
actualmente realizada,
de la que formamos parte; la otra no es más que un desideratum
cuya
realización no está ni asegurada.
(8)
La palabra es de Molinari, La Morale économique,
pág 248,
(9)
Ver Beaussire, Les principes de la morale, introducción.