Durkheim
- DE LA DIVISIÓN DEL TRABAJO SOCIAL
INTRODUCCIÓN
El
problema.
Aunque
la división del trabajo no sea cosa que date de ayer, sin
embargo, solamente a
finales del siglo último es cuando las sociedades han comenzado
a tener
conciencia de esta ley, cuyos efectos sentían casi sin darse
cuenta. Sin duda
que en la antigüedad muchos pensadores se apercibieron de su
importancia; pero
Adam Smith es el primero que ha ensayado hacer la teoría. Es
él, además, quien
creó este nombre que la ciencia social proporcionó
más tarde a la Biología.
Hoy
día se ha generalizado ese fenómeno hasta un punto tal
que salta a la vista de
todos. No hay que hacerse ya ilusiones sobre las tendencias de nuestra
industria moderna; se inclina cada vez más a los mecanismos
poderosos, a las
grandes agrupaciones de fuerzas y de capitales, y, por consecuencia, a
la extrema
división del trabajo. No solamente en el interior de las
fábricas se han
separado y especializado las ocupaciones hasta el infinito, sino que
cada
industria es ella misma una especialidad que supone otras
especialidades. Adam
Smith y Stuart Mill todavía esperaban que al menos la
agricultura seria una
excepción a la regla, y en ella veían el último
asilo de la pequeña propiedad.
Aun cuando en semejante materia convenga guardarse de generalizar con
exceso,
sin embargo, parécenos hoy difícil poner en duda que las
principales ramas de
la industria agrícola se encuentran cada vez más
arrastradas en el movimiento
general (1). En fin, el mismo comercio se ingenia en seguir y reflejar,
en
todos sus matices, la diversidad infinita de las empresas industriales,
y
mientras esta evolución se realiza con una espontaneidad
irreflexiva, los
economistas que escrutan las causas y aprecian los resultados, lejos de
condenarla y combatirla, proclaman su necesidad. Ven en ella la ley
superior de
las sociedades humanas y la condición del progreso.
Pero
la división del trabajo no es especial al mundo
económico; se puede observar su
influencia creciente en las regiones más diferentes de la
sociedad. Las
funciones políticas, administrativas, judiciales, se
especializan cada vez más.
Lo mismo ocurre con las funciones artísticas y
científicas. Estamos lejos del
tiempo en que la Filosofía era la ciencia única; se ha
fragmentado en una
multitud de disciplinas especiales, cada una con su objeto, su
método, su
espíritu.
"De
medio siglo en medio siglo, los hombres que se han señalado en
las ciencias se
han hecho más especialistas" (2).
Mostrando
la naturaleza de los estudios de que se habían ocupado los
sabios más ilustres
desde hace dos siglos, M. De Candolle observa que en la época de
Leibnitz y
Newton «apenas si le bastarían dos o tres designaciones
para cada sabio; por
ejemplo, astrónomo y físico, o matemático,
astrónomo y físico, o bien no
emplear más que términos generales como filósofo o
naturalista. Y aun esto no
habría bastado todavía. Los matemáticos y los
naturalistas eran algunas veces
eruditos o poetas. A fines del siglo XVIII habrían sido incluso
necesarias
designaciones múltiples para indicar exactamente qué
tenían de notable en
muchas categorías de ciencias y de letras hombres como Wolff,
Haller, Carlos
Bonnet. Esta dificultad en el siglo XIX ya no existe, o al menos es muy
rara»
(3). No solamente el sabio ya no cultiva simultáneamente
ciencias diferentes,
sino que incluso no abarca el conjunto de toda una ciencia. El
círculo de sus
investigaciones se restringe a un orden determinado de problemas o
incluso a un
único problema. Al mismo tiempo, la función
científica, que antes casi siempre
se acumulaba con alguna otra más lucrativa, como la del
médico, la del
sacerdote, la del magistrado, la del militar, se basta cada vez
más a sí misma.
M. De Candolle prevé incluso, para un día no lejano, que
la profesión de sabio
y la de profesor, hasta hoy tan íntimamente unidas
todavía, se disociarán
definitivamente.
Las
recientes especulaciones de la filosofía biológica han
acabado por hacernos ver
en la división del trabajo un hecho de una generalidad que los
economistas que
hablaron de ella por vez primera no hubieran podido sospechar.
Sábese, en
efecto, después de los trabajos de Wolff, de Von Baer, de
Milne‑Edwards, que la
ley de la división del trabajo se aplica a los organismos como a
las
sociedades; se ha podido incluso decir que un organismo ocupa un lugar
tanto
más elevado en la escala animal cuanto más especializadas
son las funciones.
Este descubrimiento ha tenido por efecto, a la vez, extender
desmesuradamente
el campo de acción de la división del trabajo y llevar
sus orígenes a un pasado
infinitamente lejano, puesto que llega a ser casi contemporáneo
al advenimiento
de la vida en el mundo. Ya no es tan sólo una institución
social que tiene su
fuente en la inteligencia y en la voluntad de los hombres; se trata de
un
fenómeno de biología general del que es preciso, parece,
buscar sus condiciones
en las propiedades esenciales de la materia organizada. La
división del trabajo
social ya no se presenta sino como una forma particular de ese processus
general, y las sociedades, conformándose a esta ley, ceden a una
corriente
nacida bastante antes que ellas y que conduce en el mismo sentido a
todo el mundo
viviente.
Un
hecho semejante no puede, evidentemente, producirse sin afectar de
manera
profunda nuestra constitución moral, pues el desenvolvimiento
del hombre se
hará en dos sentidos completamente diferentes, según nos
abandonemos a ese movimiento
o le ofrezcamos resistencia. Mas entonces una cuestión
apremiante se presenta:
entre esas dos direcciones, ¿cuál debemos querer? Nuestro
deber ¿es buscar y
llegar a constituir un ser acabado y completo, un todo que se baste a
sí mismo,
o bien, por el contrario, limitarnos a formar la parte de un todo, el
órgano de
un organismo? En una palabra, la división del trabajo, al mismo
tiempo que es
una ley de la Naturaleza, ¿es también una regla moral de
la conducta humana, y,
si tiene este carácter, por qué causas y en qué
medida? No es necesario
demostrar la gravedad de este problema práctico, pues, sea cual
fuere el juicio
que se tenga sobre la división del trabajo, todo el mundo
sabe muy bien que es
y llega a ser cada vez más, una de las bases fundamentales del
orden social.
Este
problema, la conciencia moral de las naciones se lo ha planteado con
frecuencia, pero de una manera confusa y sin llegar a resolver nada.
Dos
tendencias contrarias encuéntranse en presencia, sin que
ninguna de ellas
llegue a tomar sobre la otra una preponderancia que no deje lugar a
dudas.
Parece,
sin duda, que la opinión se inclina cada vez más a hacer
de la división del
trabajo una regla imperativa de conducta, a imponerla como un deber.
Los que se
sustraen a la misma no son, es verdad, castigados con una pena
precisa, fijada
por la ley, pero se les censura. Han pasado los tiempos en que
parecíanos ser
el hombre perfecto aquel que, interesándose por todo sin
comprometerse
exclusivamente en nada, y siendo capaz de gustarlo y comprenderlo todo,
encontraba
el medio de reunir y de condensar en él lo que había
de más exquisito en la
civilización. Hoy día esta cultura general, antes tan
alabada, no nos produce
otro efecto que el de una disciplina floja y relajada (4). Para luchar
contra
la naturaleza tenemos necesidad de facultades más vigorosas y de
energías más
productivas. Queremos que la actividad, en lugar de dispersarse sobre
una
superficie amplia, se concentre y gane en intensidad cuanto pierde
en
extensión. Desconfiamos de esos talentos excesivamente
movibles que, prestándose
por igual a todos los empleos, rechazan elegir un papel determinado y
atenerse
a él solo. Sentimos un alejamiento hacia esos hombres cuyo
único cuidado es
organizar y doblegar todas sus facultades, pero sin hacer de ellas
ningún uso
definido y sin sacrificar alguna, como si cada uno de ellos debiera
bastarse a
sí mismo y formar un mundo independiente. Nos parece que
ese estado de
desligamiento y de indeterminación tiene algo de antisocial. El
buen hombre de
otras veces no es para nosotros más que un diletante, y negamos
al diletantismo
todo valor moral; vemos más bien la perfección en el
hombre competente que
busca, no el ser completo, sino el producir, que tiene una tarea
delimitada y que
se consagra a ella, que está a su servicio, traza su surco.
"Perfeccionarse, dice M. Secrétan, es aprender su papel, es
hacerse capaz
de llenar su función... La medida de nuestra perfección
no se encuentra ya en
producirnos una satisfacción a nosotros mismos, en los aplausos
de la
muchedumbre o en la sonrisa de aprobación de un diletantismo
preciso, sino en
la suma de servicios proporcionados y en nuestra capacidad para
producirlos
todavía (5). Así, el ideal moral, de uno, de simple
y de impersonal que era,
se va diversificando cada vez más. No pensamos ya que el deber
exclusivo del
hombre sea realizar en él las cualidades del hombre en general;
creemos que
está no menos obligado a tener las de su empleo. Un hecho, entre
otros, hace
sensible este estado de opinión, y es el carácter cada
vez más especial que
toma la educación. Juzgamos cada vez más necesario no
someter todos nuestros
hijos a una cultura uniforme, como si todos debieran llevar una misma
vida,
sino formarlos de manera diferente, en vista de las funciones
diferentes que
están llamados a cumplir. En resumen, desde uno de sus aspectos,
el imperativo
categórico de la conciencia moral está en vías de
tomar la forma siguiente:
ponte en estado de llenar útilmente una función
determinada.
Pero,
en relación con esos hechos, pueden citarse otros que los
contradicen. Si la
opinión pública sanciona la regla de la división
del trabajo, no lo hace sin
una especie de inquietud y vacilación. Aun cuando manda a los
hombres
especializarse, parece siempre temer que se especialicen demasiado. Al
lado de
máximas que ensalzan el trabajo intensivo hay otras no menos
extendidas que
señalan los peligros. «Es triste, dice Juan Bautista Say,
darse cuenta de no
haber jamás hecho que la decimoctava parte de un alfiler; y no
se imaginen que
únicamente el obrero, que durante toda la vida maneja una lima y
un martillo,
es quien así degenera en la dignidad de su naturaleza; lo mismo
ocurre a aquel
que por su profesión ejerce las facultades más sutiles
del espíritu» (6). Desde
comienzos del siglo, Lemontey (7), comparando la existencia del obrero
moderno
con la vida libre y amplia del salvaje, encontraba al segundo bastante
más
favorecido que al primero. Tocqueville no es menos severo. «A
medida, dice, que
el principio de la división del trabajo recibe una
aplicación más completa, el
arte hace progresos, el artesano retrocede» (8). De una manera
general, la
máxima que nos ordena especializarnos hállase, por todas
partes, como negada
por el principio contrario, que nos manda realizar a todos un mismo
ideal y que
está lejos de haber perdido toda su autoridad.
Sin
duda, en principio, este conflicto nada tiene que deba sorprender. La
vida
moral, como la del cuerpo y el espíritu, responde a necesidades
diferentes e
incluso contradictorias; es natural, pues, que sea hecha, en parte, de
elementos antagónicos que se limitan y se ponderan mutuamente.
No deja de ser
menos cierto que, con un antagonismo tan acusado, hay para turbar la
conciencia
moral de las naciones, ya que además es necesario que pueda
explicarse de dónde
procede una contradicción semejante.
Para
poner término a esta indecisión, no recurrimos al
método ordinario de los
moralistas que, cuando quieren «decidir sobre el valor moral de
un precepto,
comienzan por presentar una fórmula general de la moralidad para
confrontar en
seguida el principio discutido. Sabemos hoy lo que valen esas
generalizaciones
sumarias (9). Formuladas al comienzo del estudio, antes de toda
observación de
los hechos, no tienen por objeto dar cuenta de los mismos, sino
enunciar el
principio abstracto de una legislación ideal completa. No nos
dan, pues, un
resumen de los caracteres esenciales que presenten realmente las reglas
morales
de tal sociedad o de tal tipo social determinado; expresan sólo
la manera como
el moralista se representa la moral. Sin duda que no dejan de ser
instructivas,
pues nos informan sobre las tendencias morales que están en
vías de surgir en
momento determinado. Pero tienen sólo el interés de un
hecho, no de una
concepción científica. Nada autoriza a ver en las
aspiraciones personales
sentidas por un pensador, por reales que puedan ser, una
expresión adecuada de
la realidad moral. Traducen necesidades que nunca son más que
parciales;
responden a algún desideratum particular y determinado
que la
conciencia, por una ilusión que en ella es habitual, erige en un
fin último o
único.
¡Cuantas
veces ocurre incluso que son de naturaleza mórbida! No
debería uno, pues,
referirse a ellas como a criterios objetivos que permiten apreciar la
moralidad
de las prácticas.
Necesitamos
descartar esas deducciones que generalmente no se emplean sino para
figurar un
argumento y justificar, fuera de tiempo, sentimientos preconcebidos e
impresiones personales. La única manera de apreciar
objetivamente la división
del trabajo es estudiarla primero en sí misma en una forma
completamente
especulativa, buscar a quién sirve y de quién depende; en
una palabra,
formarnos de ella una noción tan adecuada como sea posible.
Hecho esto,
hallarémonos en condiciones de compararla con los demás
fenómenos morales y ver
qué relaciones mantiene con ellos. Si encontramos que
desempeña un papel
semejante a cualquiera otra práctica cuyo carácter moral
y normal es
indiscutible; que si, en ciertos casos, no desempeña ese papel
es a
consecuencia de desviaciones anormales; que las causas que la producen
son
también las condiciones determinantes de otras reglas morales,
podemos llegar a
la conclusión de que debe ser clasificada entre estas
últimas. Y así, sin
querer sustituirnos a la conciencia moral de las sociedades, sin
pretender
legislar en su lugar, podemos llevarle un poco de luz y disminuir sus
perplejidades.
Nuestro
trabajo se dividirá, pues, en tres partes principales.
Buscaremos
primera cuál es la función de la división del
trabajo, es decir, a qué
necesidad social corresponde.
Determinaremos
en seguida las causas y las condiciones de que depende.
Finalmente,
como no habría sido objeto de acusaciones tan graves si
realmente no se
desviase con más o menos frecuencia del estado normal,
buscaremos clasificar
las principales formas anormales que presenta, a fin de evitar que sean
confundidas con otras. Este estudio ofrecerá además el
interés de que, como en
Biología, lo patológico nos ayudará a comprender
mejor lo fisiológico.
Por
lo demás, si tanto se ha discutido sobre el valor moral de la
división del
trabajo, ha sido mucho menos por no estar de acuerdo sobre la
fórmula general
de la moralidad, que por haber descuidado las cuestiones de hecho que
vamos a
tocar. Se ha razonado siempre como si fueran evidentes; como si, para
conocer
la naturaleza, la actuación, las causas de la división
del trabajo, bastara
analizar la noción que cada uno de nosotros tiene. Un
método semejante no
tolera conclusiones científicas; así, desde Adam Smith,
la teoría de la
división del trabajo ha hecho muy pocos progresos. "Sus
continuadores,
dice Schmoller (10), con una pobreza de ideas notable, se han ligado
obstinadamente a sus ejemplos y a sus observaciones hasta el día
en que los
socialistas ampliaron el campo de sus observaciones y opusieron la
división del
trabajo en las fábricas actuales a la de los talleres del siglo
XVIII. Pero,
incluso ahí, la teoría no ha sido desenvuelta de una
manera sistemática y
profunda; las consideraciones tecnológicas o las observaciones
de una verdad
banal de algunos economistas no pudieron tampoco favorecer
particularmente el
desenvolvimiento de esas ideas." Para saber lo que objetivamente es la
división del trabajo, no basta desenvolver el contenido de la
idea que nosotros
nos hacemos, sino que es preciso tratarla como un hecho objetivo,
observarlo,
compararlo, y veremos que el resultado de esas observaciones difiere
con
frecuencia del que nos sugiere el sentido íntimo (11).
NOTAS
(1) Journal
des Economistes, noviembre de 1884,
pág . 211.
(2) De
Candolle, Histoire des Sciences et des Savants,
2a edición, página 263.
(3) Ob.
cit.
(4)
Se ha interpretado a veces este pasaje como si implicara una
condenación
absoluta de toda especie de cultura general. En realidad, como del
contexto se
deduce, no hablamos aquí más que de la cultura
humanista, que es una cultura
general, sin duda, pero no la única posible.
(5) Le
Principe de la Morale, pág. 189.
(6) Traité
d´economie politique, lib. I cap. Vlll.
(7)
Raison ou Folie, capítulo sobre la influencia de la
división del trabajo.
(8) La
Democracia en América, Madrid, Jorro, editor.
(9)
En la primera edición de este libro hemos desenvuelto
ampliamente las razones
que, a nuestro juicio, prueban la esterilidad de este método.
Creemos ahora
poder ser más breves. Hay discusiones que no es preciso
prolongar
indefinidamente.
(10) La
division du travail étudiée au point de vue
historique, en la Rev. d'écon.. pol.,
1889, pág. 567.
(11)
Desde 1893 han aparecido o han llegado a nuestro conocimiento, dos
obras que
interesan a la cuestión tratada en nuestro libro. En primer
lugar, la Sociale
Differenzierung de Simmel (Leipzig, VIl, pág. 147), en la
que no es
especialmente problema la división del trabajo, sino el processus
de individualización,
de una manera general. Hay después el libro de Bücher, Die
Entstehung der
Volkswirtschaft, recientemente traducido al francés bajo el
título de Etudes
d´histoire et d'economie politique (París, Alcan,
1901), y en el cual
varios capítulos están consagrados a la división
del trabajo económico.