Durkheim:  Lecciones de Sociología


LECCIÓN SÉPTIMA

MORAL CÍVICA (continuación) / FORMAS DEL ESTADO - LA DEMOCRACIA

Pero los deberes respectivos del Estado y de los ciudadanos varía según las formas particulares de los Estados. No son los mismos en lo que se llama aristocracia, democracia o monarquía. Es importante, pues, saber en qué consisten estas formas diferentes, cuál es la razón de ser de la que tiende a convertirse en general en las sociedades europeas. Es con esta condición como podremos comprender las razones de ser de nuestros deberes cívicos actuales.

Desde Aristóteles se ha clasificado a los Estados según el número de los que participan en el gobierno. “Cuando el pueblo como grupo tiene el poder soberano, dice Montesquieu, es una democracia. Cuando el poder soberano está en las manos de una parte del pueblo, se llama aristocracia” (II, 2). El gobierno monárquico es aquel donde gobierna uno solo. Con todo, para Montesquieu no hay monarquía verdadera más que cuando el rey gobierna según leyes fijas y establecidas. Cuando, por el contrario, “uno solo, sin ley y sin reglas, arrastra todo por su voluntad y sus caprichos”, la monarquía toma el nombre de despotismo. Así, salvo esta consideración relativa a la presencia o ausencia de una constitución, Montesquieu define por el número de gobernantes la forma del Estado.

Sin duda, en la continuación de su libro, cuando busca el sentimiento que causa cada uno de estos gobiernos; honor, virtud, temor, muestra que tenía el sentimiento de las diferencias cualitativas que distinguen a estos diferentes tipos de Estado. Pero, para él, estas diferencias cualitativas son sólo la consecuencia de las diferencias puramente cuantitativas que hemos acordado en primer lugar, y deriva a aquéllas de éstas. El número de gobernantes determina la naturaleza del sentimiento que debe servir como motor de la actividad colectiva, así como de todos los detalles de su organización.

Pero esta forma de definir los distintos tipos políticos resulta tan difusa como superficial. Primeramente, ¿qué se entiende por número de gobernantes? ¿Dónde comienza y dónde termina el órgano gubernamental cuyas variaciones determinarían la forma de los Estados? ¿Se lo considera así al conjunto de todos los hombres dedicados a la dirección general del país? Pero nunca, o casi nunca, todos estos poderes están concentrados en las manos de un solo hombre. Por absoluto que sea un príncipe, tiene a su alrededor consejos, ministros que se distribuyen estas funciones reguladoras. Desde este punto de vista, no hay más que diferencias de grado entre la monarquía y la aristocracia. Un soberano está siempre rodeado de un grupo de funcionarios, de dignatarios, frecuentemente tanto o más poderosos que él. ¿Se lo considera que toma sólo en cuenta la parte más eminente del órgano gubernamental, aquella donde se encuentran concentrados los poderes más elevados, los que, para emplear las expresiones de los antiguos teóricos de la política, pertenecen al príncipe? ¿Sólo se debe considerar al jefe de Estado? En este caso, habrá que distinguir los Estados según tengan por jefe una sola persona o un consejo de personas, o todo el mundo. Pero, en esta cuenta, se podría comprender bajo el mismo nombre y calificar igualmente la monarquía a Francia en el siglo XVII, por ejemplo, y a una república centralizada, como nuestra Francia actual o la república americana. En todos estos casos, hay en la cima de la monarquía de los funcionarios una sola persona, que lleva solamente nombres distintos en estas diferentes sociedades.

Por otro lado, ¿qué se entiende por gobernar? Gobernar es sin duda ejercer una acción positiva sobre la marcha de los asuntos públicos. Ahora bien, en este aspecto, la democracia puede ser semejante a la aristocracia. En efecto, es muy frecuentemente la voluntad de la mayoría la que hace la ley, y sin que los sentimientos de la minoría tengan la menor influencia. La mayoría puede ser tan opresiva como una casta. Puede muy bien hacer que la minoría no llegue a ser parte, que, en todo caso, las mujeres, los niños y los adolescentes, todos aquellos que no pueden votar por alguna razón, están fuera de los colegios electorales; resulta de ello que éstos no comprenden en realidad sino a la minoría de la nación. Y como los electos no representan más que a la mayoría de estos colegios, representan en realidad a una minoría. En Francia, sobre treinta y ocho millones de habitantes, había en 1893 sólo diez millones de electores; sobre estos diez millones, sólo siete hicieron uso de sus derechos, y los diputados electos por estos siete millones no representaban más que 4.592.000 votos. En relación con el conjunto de los electores 5.930.000 votos no fueron representados, siendo éste un número de votos superior al que había dado el triunfo a los diputados electos. Si, pues, se consideran los datos numéricos, es necesario decir que no ha habido nunca democracia. A lo más, podría decirse, para diferenciarla de la aristocracia, que bajo un régimen aristocrático la minoría que gobierna está fijada de una vez siempre, mientras que en una democracia, la minoría que triunfa actualmente puede ser derrotada mañana y reemplazada por otra. Y la diferencia es mínima.

Pero fuera de estas consideraciones un poco dialécticas, hay un hecho histórico que ilumina a la insuficiencia de las definiciones usuales.

Éstas llevan, en efecto, a confundir tipos de Estados situados, por así decir, en los dos extremos opuestos de la evolución. Si se llama democracia a las sociedades donde todo el mundo participa en la dirección de la vida común, el término se adecua a maravillas a las sociedades políticas más inferiores conocidas. Es lo que caracteriza a la organización que los ingleses llaman tribal. Una tribu está compuesta por un cierto número de clanes. Cada clan está administrado por el grupo mismo; cuando tiene un jefe, éste no posee sino poderes muy débiles. Y la confederación está gobernada por un consejo de representantes. En ciertos aspectos, es el mismo régimen que aquel en el cual vivimos. No se dejó de apoyarse en esta comparación para concluir que la democracia es una forma de organización esencialmente arcaica, que intentar instituirla en el seno de las sociedades actuales es volver la civilización a sus orígenes, es invertir el curso de la historia. En virtud de este método se acercan a veces los proyectos de los socialistas sobre la vida económica del comunismo antiguo para demostrar su pretendida inanidad. Y es necesario reconocer que, en un caso como en el otro, la conclusión sería legítima si el postulado fuera exacto, es decir, si las dos formas de organización social que se identifican de esta manera fueran realmente idénticas. Es verdad que no hay formas de gobierno a las cuales pudiera aplicarse la misma crítica, a menos que se consideren las definiciones precedentes. La monarquía no es menos arcaica que la democracia. Muy frecuentemente se observa que los clanes o las tribus confederadas se concentran en las manos de un soberano absoluto. La monarquía en Atenas y Roma fue anterior a la república. Todas estas confusiones son sólo la prueba de que los tipos de Estado deben ser definidos de otra manera.

Para encontrar la definición conveniente, volvamos a lo que hemos dicho de la naturaleza del Estado en general. El Estado, hemos dicho, es el órgano del pensamiento social. Lo que no quiere decir que todo pensamiento social emane del Estado. Pero hay dos tipos de pensamientos. Uno viene de la masa colectiva y está difundido en ella; está hecho de sentimientos, aspiraciones y creencias que la sociedad ha elaborado colectivamente y que están desparramados por todas las conciencias. El otro se elabora en ese órgano especial que se llama Estado o gobierno. Uno y otro están estrechamente vinculados. Los sentimientos que circulan difundidos por toda la extensión de la sociedad influyen sobre las decisiones que toma el Estado, e, inversamente, las decisiones que toma el Estado, las ideas que se exponen en la cámara, las palabras que se pronuncian allí, las medidas concertadas entre los ministros, repercuten en toda la sociedad, modifican en ella las ideas dispersas. Pero por más reales que sean esta acción y esta reacción, hay, con todo, dos formas muy diferentes de la vida psicológica colectiva. Una está dispersa, la otra, organizada y centralizada. Una, como consecuencia de esta dispersión, permanece en la penumbra del subconsciente. Nos damos poca cuenta de todos los prejuicios colectivos que nos influyen desde la infancia, de todas las corrientes de opinión que se forman aquí y allá y nos llevan en tal o cual sentido. No hay, en todo esto, nada de deliberado. Toda esta vida tiene algo de espontáneo y de automático, de irreflexivo. Por el contrario, la deliberación, la reflexión, es la característica de todo lo que ocurre en el órgano gubernamental. Verdaderamente, es un órgano de reflexión, muy rudimentario todavía, pero llamado a desarrollarse cada vez más. Todo está organizado allí, y, especialmente, todo se organiza allí cada vez más para prevenir los movimientos irreflexivos. Las discusiones de las asambleas, forma colectiva de lo que es la deliberación en la vida del individuo, tienen precisamente por objeto mantener muy claros, forzar a los espíritus a tomar conciencia de los motivos que los inclinan en tal o cual sentido, hacer que se den cuenta de lo que han hecho. Es esto lo que hay de pueril en los reproches dirigidos a la institución de las asambleas de los consejos deliberantes. Son los únicos instrumentos de que dispone la colectividad para prevenir la acción irreflexiva, automática, ciega. Así, hay entre la vida psicológica dispersa en la sociedad y la concentrada y elaborada especialmente en los órganos gubernamentales, la misma oposición que hay entre la vida psicológica dispersa del individuo y su conciencia clara. En cada uno de nosotros hay en cada momento una multitud de ideas, de tendencias, de hábitos, que actúan sobre nosotros sin que sepamos justamente cómo ni por qué. Los percibimos apenas, los distinguimos mal. Están en el subconsciente. Sin embargo, afectan nuestra conducta, y aun hay muchos hombres que no está impulsados por otros móviles. Pero en la parte reflexiva hay algo más. El yo que es, la personalidad consciente que constituye, no se deja llevar a remolque por todas las corrientes oscuras que pueden formarse en las profundidades de nuestro ser. Reaccionamos contra estas corrientes, queremos actuar con conocimiento de causa, para esto reflexionamos, deliberamos. Hay sí, en el centro de nuestra conciencia, un círculo interior sobre el cual nos esforzamos por concentrar la luz. Percibimos lo que pasa allí más claramente, al menos, en comparación de lo que pasa en las regiones subyacentes. Esta conciencia central y relativamente clara es a las representaciones anónimas, confusas, que son la subestructura de nuestro espíritu, lo que la conciencia colectiva dispersa de la sociedad es a la conciencia gubernamental. Ahora bien, una vez comprendido lo que ésta tiene de particular, que no es un simple reflejo de la conciencia colectiva oscura, la diferencia que separa las formas de los Estados es fácil de señalar.

Se concibe, en efecto, que esta conciencia gubernamental puede concentrarse en estos órganos más restringidos, o, por el contrario, desparramarse en el conjunto de la sociedad. Allí donde el órgano gubernamental está sustraído celosamente a la mirada de la multitud, todo lo que pasa en él permanece ignorado. Las masas profundas de la sociedad reciben su acción sin asistir, ni de lejos, a las deliberaciones que tienen lugar en él, sin percibir los motivos que determinan a los gobernantes en las medidas que tomasen. En consecuencia, lo que hemos llamado conciencia gubernamental queda localizada estrictamente en estas esferas especiales, que son siempre de poca extensión. Pero puede ocurrir también que estas especies de compartimientos estancos que separan este medio particular del resto de la sociedad sean más permeables. Puede ocurrir que al menos una gran parte de los pasos, que se producen allí se hagan a la luz; que las palabras que se intercambian se pronuncien como para ser entendidas por todos. Todo el mundo, entonces, puede tener conciencia de los problemas que se discuten, de las condiciones en que se plantean, de las razones al menos aparentes que determinan las soluciones adoptadas. Así, las ideas, los sentimientos, las resoluciones que se elaboran en el seno de los órganos gubernamentales no permanecen encerradas en éste; toda esta vida psicológica, a medida que se libera, repercute en todo el país. Todo el mundo se encuentra participando de esta conciencia sui generis, todo el mundo se plantea los problemas discutidos por los gobernantes, todo el mundo reflexiona sobre ellos o puede hacerlo. Luego, por un retorno natural, todas las reflexiones dispersas que se producen así, actúan a su vez sobre este pensamiento gubernamental, de donde emana. Desde el momento en el cual el pueblo se plantea los mismos problemas que el Estado, el Estado para resolverlos ya no puede hacer abstracción de lo que piensa el pueblo. Es necesario que lo tenga en cuenta. De allí la necesidad de consultas más o menos regulares, más o menos periódicas. No porque el uso de estas consultas esté establecido que la vida gubernamental está en comunicación mayor con la masa de los ciudadanos, sino porque esta comunicación está establecida por sí misma, previamente estas consultas se han hecho indispensables. Y lo que ha dado origen a esta comunicación es que el Estado dejó cada vez más de ser lo que fue durante mucho tiempo, una especie de ser misterioso al cual el vulgo no osaba elevar sus ojos y que no se representaba, muy frecuentemente, sino bajo la forma del símbolo religioso. Los representantes del Estado tenían un carácter sagrado, y, como tales, estaban separados del común. Pero, poco a poco, por el movimiento general de las ideas, el Estado perdió esta especie de trascendencia que lo aislaba en sí mismo. Se ha acercado a los hombres, y los hombres se le acercaron. Las comunicaciones se han convertido en más íntimas, y es así como poco a poco se estableció este circuito que recordaremos luego. El poder gubernamental, en lugar de permanecer replegado sobre sí mismo, ha descendido a las capas profundas de la sociedad, allí recibe una elaboración nueva y vuelve a su punto de partida. Lo que ocurre en los medios llamados políticos lo observa, y controla todo el mundo, y el resultado de estas observaciones, de este control, de las reflexiones que resultan de esto, influyen a su vez sobre los medios gubernamentales. Se reconoce en este rasgo uno de los caracteres que distinguen lo que generalmente se llama la democracia.

No hace falta decir, pues, que la democracia es la forma política de una sociedad que se gobierna a sí misma, donde el gobierno está extendido por la nación. Una definición semejante es contradictoria en sus términos. Es casi decir que la democracia es una sociedad política sin Estado. En efecto, el Estado o no es nada o es un órgano distinto del resto de la sociedad. Si el Estado está en todos lados, no está en ninguno. Resulta éste de una concentración que separa de la masa colectiva a un grupo de individuos determinados, en el cual el pensamiento social está sometido a una elaboración de un género particular y llega a un grado excepcional de claridad. Si esta concentración no existe, si el pensamiento social permanece totalmente disperso, sigue siendo oscuro, y el rasgo distintivo de las sociedades políticas no aparece. Sólo las comunicaciones entre este órgano especial y los otros órganos sociales pueden ser más o menos estrechas, más continuas o más intermitentes. Seguramente, a este respecto, no puede haber más que diferencias de grado. No hay Estado tan absoluto en el cual los gobiernos rompan todo contacto con la masa de sus súbditos; pero las diferencias de grado pueden ser importantes y aumentan exteriormente por la presencia o la ausencia, o por el carácter más o menos rudimentario, más o menos desarrollado, de ciertas instituciones destinadas a establecer dicho contacto. Estas instituciones son las que permiten al público, sea seguir la marcha del gobierno (asamblea pública, diarios oficiales, educación destinada a colocar al ciudadano en estado de cumplir un día con sus funciones, etc.....), sea transmitir directa o indirectamente a los órganos gubernamentales el producto de sus reflexiones (órgano del derecho de sufragar). Pero lo que es necesario rechazar a cualquier precio es el admitir una concepción que, haciendo que el Estado se desvanezca, ofrece a la crítica una fácil objeción. La democracia así entendida es la que se observa al comienzo de las sociedades. Si todo el mundo gobierna, es que en realidad no hay gobierno. Son unos sentimientos colectivos dispersos, vagos y oscuros, que guían a las poblaciones. Ningún pensamiento claro dirige la vida de los pueblos. Estas especies de sociedades se parecen a los individuos cuyos actos están inspirados sólo por la rutina y el prejuicio. Es decir, que no se los podría presentar como término del progreso: son más bien un punto de partida. Si se conviene en reservar el nombre de democracia para las sociedades políticas, no hay que aplicarlo a las tribus amorfas que no tienen Estado, que no son sociedades políticas. La distancia es, pues, grande, a pesar de las apariencias análogas. Sin duda, en uno y otro caso -y esto es lo que produce la semejanza-, la sociedad entera participa de la vida pública, pero participa en ella de manera muy diferente. Y lo que hace la diferencia es que, en un caso, hay un Estado, y en el otro no lo hay.

Pero esta primera característica no es suficiente. Hay otra, que, por otra parte, es solidaria con la precedente. En las sociedades donde la conciencia gubernamental está estrechamente localizada, alcanza a un pequeño número de objetos. Al mismo tiempo que esta parte clara de la conciencia pública está totalmente encerrada en un pequeño grupo de individuos, es, en sí misma, de poca extensión. Existe toda clase de usos, de tradiciones, de reglas que funcionan automáticamente sin que el Estado de por sí mismo tenga sentimiento de ello, y que, por consiguiente, escapan a su acción. El número de cosas sobre las cuales influyen las deliberaciones gubernamentales en una sociedad como la monarquía del siglo XVII es muy limitado. Toda la religión está fuera de su dominio, y, con la religión, todo tipo de prejuicios colectivos contra los cuales el poder más absoluto se estrellaría, si emprendiera la tarea de destruirlos. Por el contrario, actualmente, no admitimos que haya en la organización pública nada que no pueda ser considerado por la acción del Estado. Suponemos en principio que todo puede ser problematizado perpetuamente, que todo puede ser examinado, y que, respecto de las resoluciones a tomar, no estamos ligados por el pasado. En realidad, el Estado tiene una esfera muy grande de influencia actualmente respecto de otras épocas, porque la esfera de la conciencia clara se ha extendido. Todos esos sentimientos oscuros que están dispersos por naturaleza, todos esos hábitos adquiridos son resistentes al cambio precisamente porque son oscuros. No se puede modificar fácilmente lo que no se ve. Todos estos estados se ocultan, inasibles, precisamente porque están en las tinieblas. Por el contrario, cuanto más penetra la luz en las profundidades de la vida social, más fácil resulta introducir el cambio. Es así como el hombre cultivado, que tiene conciencia de sí, cambia más fácil y profundamente que un hombre inculto. He aquí otro rasgo de sociedades democráticas. Son más maleables, más flexibles, y deben este privilegio a que la conciencia gubernamental está extendida de manera tal que comprende cada vez más objetos. Por esto mismo, la oposición es muy clara en relación con sociedades no organizadas de los orígenes, con las pseudodemocracias. Éstas están totalmente plegadas al yugo de la tradición. Suiza y los países escandinavos manifiestan bien esta oposición.

Es resumen, no se puede hablar de diferencias de naturaleza entre las diversas formas de gobierno; pero éstas se sitúan entre dos planos opuestos. En un punto extremo, la conciencia gubernamental está lo más aislada posible del resto de la sociedad, y tiene un mínimo de extensión. Ésta corresponde a las sociedades de tipo aristocrático o monárquico, entre las cuales quizá sea difícil hacer una distinción. Cuanto más estrecha se hace la comunicación entre la conciencia gubernamental y el resto de la sociedad, más se extiende esta conciencia y comprende más cosas, mayor es el carácter democrático de la sociedad. La noción de democracia se encuentra, pues, definida por una extensión máxima de esta conciencia, y, por esto mismo, se decide por esta comunicación.

 

LECCIÓN OCTAVA

MORAL CÍVICA (continuación) / FORMAS DEL ESTADO - LA DEMOCRACIA

Hemos visto en la última lección que era imposible definir la democracia y los otros tipos de Estado según el número de sus gobernantes. Fuera de las poblaciones más inferiores, no existen sociedades en las cuales el gobierno sea ejercido inmediatamente; está siempre en las manos de una minoría, designada aquí por el nacimiento, allá por la elección, y según los casos, más o menos extendidas, pero que no comprenden sino un círculo restringido de individuos. No hay, a este respecto más que matices entre las distintas formas políticas. Gobernar es siempre la función de un órgano definido, y por lo tanto delimitado. Pero lo que varía en una forma muy sensible, según las sociedades, es la forma en que el órgano gubernamental se comunica con el resto de la nación. Unas veces las relaciones son raras, irregulares; el gobierno se oculta a las miradas, vive replegado sobre sí mismo, y, por otro lado, no tiene sino contactos intermitentes e insuficientes con la sociedad.. No la siente en forma constante, y no es sentido por ella. Se preguntará en qué emplea, en estas condiciones, su actividad. Esta, en su mayor parte, se vuelca hacia afuera. Si se mezcla tan poco a la vida interna es su propia vida y está en otro lado; el gobierno es ante todo, el agente de las relaciones exteriores, el agente de las conquistas, el órgano de la diplomacia. En otras sociedades, por el contrario, las comunicaciones entre el Estado y las otras partes de las sociedades son numerosas, regulares, organizadas. Se mantiene a los ciudadanos al corriente, con los hechos del Estado, y el Estado se informa, de manera periódica o ininterrumpida, de lo que pasa en las profundidades de la sociedad. Se informa de lo que pasa hasta en las capas más lejanas y más oscuras de la sociedad, sea por vía administrativa, sea por medio de consultas electorales, y dichas capas se informan a su vez de los acontecimientos producidos en los medios políticos. Los ciudadanos asisten de lejos a ciertas deliberaciones que ocurren allí, conocen las medidas adoptadas y su juicio y el resultado de su reflexión vuelven al Estado por vías especiales. Es esto lo que verdaderamente constituye la democracia. Poco importan que los jefes o directores del Estado sean más o menos numerosos; lo que es esencial y característico es la manera en que se comunican con el conjunto de la sociedad. Sin duda, aún a este respecto, no hay sino diferencias de grado entre los distintos tipos de regímenes políticos, pero estas diferencias de grado son, esta vez, muy claras, y, por otra parte, se advierte exteriormente por la presencia o la ausencia de instituciones adecuadas, que aseguren esta comunicación estrecha, distintiva de la democracia.

Pero esta primera característica no es la única. Hay una segunda, que, por otra parte, es solidaria con la precedente. Cuanto más se localiza la conciencia gubernamental en los límites de su órgano, menor es el número de los objetos sobre los cuales actúa. Cuanto menos lazos lo unan a las diversas regiones de la sociedad, menos extensa será ésta.. Y esto es muy natural, pues donde podría alimentarse, ya que no tiene sino relaciones lejanas y raras con el resto de la nación. El órgano gubernamental no tiene sino una débil conciencia de lo que pasa en el interior del órgano-sociedad, consecuentemente, por la fuerza de los hechos casi toda la vida colectiva permanece confusa, dispersa, inconsciente. Está constituida sólo de tradiciones inconscientes, de prejuicios, de sentimientos oscuros, que ningún órgano aprehende para llevarlos a la luz. Comparad el pequeño número de cosas sobre las cuales se deliberaba en el siglo XVIII, y la multitud de objetos a las cuales se aplican actualmente. La diferencia es enorme. Antaño, los asuntos exteriores ocupaban casi exclusivamente la actividad pública. El derecho funcionaba en su totalidad automáticamente, en forma inconsciente; era la costumbre. Ocurría lo mismo con la religión, la educación, la higiene, la vida económica, al menos en gran parte; los intereses locales y regionales quedaban abandonados a sí mismos e ignorados. Actualmente, en un Estado como el nuestro, y hasta con diferencias de grado, como lo son cada vez más los grandes Estados europeos, todo lo que concierne a la administración de la justicia, la vida pedagógica, económica del pueblo se ha hecho consciente. Cada día trae deliberaciones sobre estos problemas que producen diversas reacciones. Y esta diferencia es aún sensible en el exterior. Lo difuso, lo oscuro, lo incognoscible, escapa a nuestra acción. Cuando no se sabe o se sabe mal cuál es su carácter, no se lo puede cambiar. Para modificar una idea, un sentimiento, es necesario, primeramente, verlos, considerarlos, lo más claramente posible, advertir lo que son. Por esta razón, cuanto más consciente es el individuo de sí mismo, y reflexiona, más accesible es a los cambios. Los espíritus incultos, por el contrario, son los espíritus rutinarios, inmutables, a los cuales nada hace mella. Por esta misma razón, cuando las ideas colectivas y los sentimientos colectivos son oscuros, inconscientes, cuando están dispersos en toda la sociedad, permanecen inmutables. Se sustraen a la acción porque están fuera de la conciencia. Son inasibles porque están en las tinieblas. El gobierno no tiene ningún poder sobre ellos. Es así como es un error creer que los gobiernos que se dicen absolutos son todopoderosos. Es una ilusión como la produce una visión superficial de las cosas. Son todopoderosos contra los individuos, y esto es lo que significa la calificación de absolutos que se le aplica; en este sentido, está fundada. Pero, contra el estado social, contra la organización de la sociedad, son relativamente impotentes. Luis XIV podía lanzar órdenes reales contra quién quisiera, pero no tenía fuerzas para modificar el derecho reinante, los usos reinantes, las costumbres establecidas, las herencias recibidas. ¿Qué podía contra la organización religiosa y los privilegios de todo tipo que arrastraba consigo esta organización que se encontraba por esto mismo fuera de la acción gubernamental? Los privilegios de las ciudades o de las corporaciones resistieron hasta el fin del viejo régimen a todos los esfuerzos realizados para modificarlos. También se sabe con que lentitud evolucionaba entonces el derecho. Que se lo compare con la rapidez con la cual se introducen los cambios importantes actualmente en las diferentes esferas de la actividad social. A cada instante un nuevo reglamento de derecho resulta aprobado, otro abolido, se modifica la institución religiosa, la administrativa, la educativa, etc. Todas estas cosas oscuras entran, cada vez más, en la región clara de la conciencia social, es decir, en la conciencia gubernamental. Por consiguiente, la maleabilidad se hace mayor. Cuanto más se aclara una idea, un sentimiento, más completamente quedan éstos bajo la dependencia de la reflexión, más dominio se posee sobre ellos. Es decir, que pueden criticarse, discutirse libremente, y estas discusiones tienen, necesariamente, por efecto hacerles perder su fuerza de resistencia, volverlos más aptos para el cambio, o aún cambiarlos directamente. Esta extensión del campo de la conciencia gubernamental, esta maleabilidad mayor, he aquí, pues, uno de los rasgos distintivos de la democracia. Porque hay un mayor número de cosas sometidas a la deliberación colectiva, hay también un mayor número de cosas en vías de cambio. El tradicionalismo, por el contrario, es la característica de los otros tipos políticos. A este respecto, también la distinción es muy clara en relación con las seudodemocracias, de las cuales encontramos ejemplos en las sociedades inferiores y que son, por el contrario, incapaces de separarse de sus tradiciones y sus costumbres.

En resumen, para llegar a tener una idea algo definida de lo que es la democracia, es necesario comenzar a desprenderse de un cierto número de concepciones corrientes que no pueden sino embarazar las ideas. Es necesario hacer abstracción del número de gobernantes; más aún de los títulos que ostentan. Tampoco hay que creer que una democracia es una sociedad donde el poder del Estado resulta débil. Un Estado puede ser democrático y estar fuertemente organizado. La verdadera característica es doble: 1ro. La extensión mayor de la conciencia gubernamental; 2do. Las comunicaciones más estrechas de esta conciencia con la masa de conciencias individuales.. Lo que justifica en cierta medida las confusiones cometidas es que en las sociedades en que el poder gubernamental es débil y restringido, las comunicaciones que lo unen con el resto de la sociedad son necesariamente muy estrechas, pues no se distingue de ellas. No existe, por así decir, fuera de la masa de la nación; se comunica, pues, necesariamente con ella. Es una población primitiva, los jefes políticos son sólo delegados siempre provisorios, sin funciones específicas. Viven la vida de todo el mundo, y sus deliberaciones decisivas quedan bajo el control de toda la colectividad. Pero no constituyen una organización definida y distinta. Además, no encontramos en este caso nada que recuerde la segunda característica que hemos indicado, a saber, la plasticidad debida a la extensión de la conciencia gubernamental, es decir, del campo de las ideas claras colectivas.. Tales sociedades son víctimas de la rutina tradicional. Esta segunda característica es, pues, quizá más distintiva que la primera. Por lo demás, el primer criterio puede ser muy útil, siempre que se lo emplee con discernimiento y que se cuide de no confundirse con un papel por el posible error debido al hecho de que el Estado no está separado de la sociedad y constituido de parte, y las comunicaciones que pueden existir entre un Estado definido y la sociedad que lo gobierna.

Desde este punto de vista, la sociedad nos aparece, pues, como la forma política por la cual la sociedad llega a la conciencia más pura de sí misma. Un pueblo es tanto más democrático cuanto la deliberación, la reflexión, el espíritu crítico desempeñan un papel más considerable en la marcha de los asuntos públicos. Es tanto menos democrático cuanto el inconsciente, los hábitos no conocidos, los sentimientos oscuros, los prejuicios en una palabra, sustraídos al examen, son más preponderantes. Es decir que la democracia no es un descubrimiento o un renacimiento de nuestro siglo. Es el carácter que adquieren, cada vez más, las sociedades. Si sabemos liberarnos de las etiquetas vulgares que no pueden sino dañar a la claridad del pensamiento, reconoceremos que la sociedad del siglo XVII es más democrática que la del siglo XVI, más democrática que todas las sociedades basadas en el feudalismo.. Este es la dispersión de la vida social, es el máximo de la oscuridad, de la inconsciencia, que han reducido las grandes sociedades actuales. La monarquía centralizando cada vez más las fuerzas colectivas, extendiendo sus ramificaciones en todos los sentidos, penetrando más profundamente en las masas sociales, preparó el porvenir de la democracia y fue relativamente un gobierno democrático. Es totalmente secundario que el jefe de Estado haya tenido el nombre de rey; lo que se debe considerar son las relaciones que mantenía con el conjunto del país; y que el país estuvo encargado efectivamente, desde entonces, de la claridad de las ideas sociales. Así, la democracia no ha culminado desde hace cuarenta o cincuenta años; ha comenzado a ascender continuamente desde el comienzo de la historia.

Es fácil de comprender lo que determina este desarrollo. Cuanto más extensas son las sociedades, más complejas, mayor necesidad tienen de reflexionar para poder conducirse. La rutina ciega, la tradición uniforme no pueden servir para ordenar la marcha de un mecanismo más delicado.. Cuanto más complejo se hace el medio social, más móvil se vuelve; es necesario, pues, que la organización social cambie en la misma medida, y para esto, como hemos dicho, es necesario que se haga consciente de sí misma y que reflexione. Cuando las cosas pasan siempre de la misma manera, el hábito basta para la conducta; pero cuando las circunstancias cambian sin cesar, es necesario a la inversa, que el hábito no sea dueño absoluto. Unicamente la reflexión permite descubrir las prácticas nuevas que son útiles, pues sólo ella puede anticipar el porvenir. He aquí porque las asambleas deliberativas se convierten en instituciones cada vez más generales; son el órgano por el cual las sociedades reflexionan sobre sí mismas, y, por consiguiente, el instrumento de transformaciones casi ininterrumpidas que necesitan las condiciones actuales de la existencia colectiva.. Para poder vivir actualmente, es necesario que los órganos sociales cambien a tiempo, rápidamente, es necesario que la reflexión social siga atentamente los cambios que se producen en las circunstancias y organice los medios de adaptarse a ellos. Al mismo tiempo que los progresos de la democracia son tan necesarios por el estado del medio social son igualmente necesarios para nuestras ideas morales más esenciales. En efecto, la democracia, definida como lo hemos hecho, es el régimen político más adecuado a nuestra concepción actual del individuo. El valor que le atribuimos a la personalidad individual, hace que no querramos hacer de ésta un instrumento maquinal que la autoridad social mueve desde afuera. Esta no es ella misma sino en la medida en que es una sociedad autónoma de acción. Sin duda, en cierto sentido, recibe todo de afuera: sus fuerzas morales, como sus fuerzas físicas. Así como nosotros no sostenemos nuestra vida material sino con los alimentos que tomamos del medio cósmico, alimentamos nuestra vida mental con las ideas y sentimientos que nos vienen del medio social. Nada proviene de nada, y el individuo abandonado a sí mismo no podría elevarse por encima de sí mismo. Lo que hace que se supere, que se haya elevado por encima del nivel de la animalidad, es el hecho de que la vida colectiva sobre él, lo penetra; son los elementos adventicios los que dan otra naturaleza. Pero hay dos formas en que un ser recibe la ayuda de las fuerzas exteriores. O las recibe pasivamente, inconscientemente, sin saber por qué, y, en este caso, no es sino una cosa; o se da cuenta de lo que estas cosas son, de las razones que tiene para someterse, para abrirse a ellas, y entonces no padece más, obra conscientemente, voluntariamente, comprendiendo lo que hace. La acción no es en este sentido, más que un estado pasivo cuya razón de ser conocemos y comprendemos. La autonomía de que puede gozar un individuo no consiste, pues, en revelarse contra la naturaleza; tal insurrección es absurda, estéril, sea contra las fuerzas del mundo material o contra las del mundo social. Ser autónomo es, para el hombre, comprender las necesidades a las cuales debe plegarse y aceptarlas con conocimiento de causa. No podemos hacer que las leyes de las cosas sean distintas de lo que son, pero nos libramos de ellas pensando, , es decir, haciéndolas nuestras por el pensamiento. Es esto que hace la superioridad moral de la democracia. Porque ésta es el régimen de la reflexión, permite al ciudadano aceptar las leyes de su país con más inteligencia, y, por lo tanto, con menor pasividad. Porque hay comunicaciones constantes entre éste y el Estado, el Estado no es más, para los individuos, una fuerza exterior que les imprime un impulso totalmente mecánico. Gracias a los intercambios constantes que se producen entre éstos y él, su vida queda unida a la de aquéllos, como la de aquéllos a la de éste.

Pero aclarado esto existen una concepción de la democracia y una manera de practicarla que deben ser distinguidas con cuidado de la que hemos expuesto.

Se dice muy frecuentemente que bajo el régimen democrático la voluntad, el pensamiento de los gobernantes es idéntico y se confunde con el pensamiento y la voluntad de los gobernados. Desde este punto de vista, el Estado no hace sino representar a la masa de individuos y toda organización gubernamental no tendría otro objeto que el de expresar lo más fielmente posible, sin agregar nada y sin modificar nada, a los sentimientos dispersos en la colectividad. El ideal consistiría, por así decir, en expresarlos lo más adecuadamente posible. A esta concepción responde claramente el uso de lo que se llama el mandato imperativo y de todos sus sucedáneos. Pues, si bajo esta forma pura, no ha entrado en nuestras costumbres, las ideas que le sirven de base están muy difundidas. Esta forma de representarse los gobiernos y sus funciones tiene una cierta generalidad. Ahora bien, nada es más contrario, en ciertos aspectos, a la noción misma de la democracia. Pues la democracia supone un Estado, un órgano gubernamental distinto del resto de la sociedad, aunque estrechamente vinculado con ella, y esta manera de ver es la negación misma de todo Estado, en el sentido propio del término, porque reabsorbe al Estado en la nación. Si el Estado no hace sino recibir las ideas y las voluntades particulares, para saber cuales son las más difundidas, las que tienen, como se dijo, la mayoría, no implica esto ninguna contribución verdaderamente personal a la vida social. No es sino un calco de lo que ocurre en las regiones subyacentes. Ahora bien, es contradictoria con la noción misma del Estado. El papel del Estado, en efecto, no es expresar, resumir el pensamiento irreflexivo de la multitud, sino agregar por encima de este pensamiento irreflexivo un pensamiento más meditado, y que por consiguiente, no puede ser sino diferente. Es, y debe ser, un factor de representaciones nuevas, originales, que deben poner a la sociedad en condiciones de conducirse con más inteligencia que cuando se mueve simplemente por los sentimientos que la trabajan. Todas estas deliberaciones, todas estas discusiones, todos estos datos estadísticos, todas estas informaciones administrativas que quedan a disposición de los consejos gubernamentales y que serán cada vez más abundantes, todo esto es el punto de partida de una nueva vida mental. Los materiales se reúnen de esta forma, y la multitud no dispone de ellos, y los mismos se someten a una elaboración de la cual la muchedumbre no es capaz, precisamente porque no tiene unidad, porque no está concentrada en un mismo límite, porque su atención no puede aplicarse en un mismo momento a un mismo objeto. ¿Cómo no habría de salir de todo esto algo nuevo? El deber del gobierno es usar todos los medios, no sólo para separar lo que piensa la sociedad, sino también para descubrir lo que tiene de más útil para la sociedad. Para saber lo que es útil está mejor ubicado que la masa; debe, pues, ver las cosas de otra forma que ella. Sin duda, es necesario de que esté informado de lo que piensan los ciudadanos; pero esto no es sino uno de sus elementos de meditación y de reflexión, y ya que está constituido para pensar de una manera especial, debe pensar por su cuenta. Esta es su razón de ser. Asimismo, es indispensable que el resto de la sociedad sepa lo que el Estado hace, lo que piensa, lo siga y lo juzgue es necesario que haya, entre estas dos partes de la organización social, una armonía lo más completa posible. Pero esta armonía no implica que el Estado quede sojuzgado por los ciudadanos, y reducido a ser sólo un eco de sus voluntades. Esta concepción del Estado se acerca muy evidentemente a la que es la base de las llamadas democracias primitivas. Se distingue de la misma en que la organización exterior del Estado es distinta, más sabia y complicada. No se podría comparar un consejo de Saquems con nuestra organización gubernamental, aunque la función sea sensiblemente la misma. . En un caso como en otro, estaría privada de toda autonomía. ¿Qué resultaría de esto? Tal Estado faltaría a su misión en lugar de clarificar los sentimientos oscuros de la masa, de subordinarlos a ideas más claras, más razonadas, no haría sino dar la preeminencia a aquellos sentimientos que parecieran ser los más generales.

Pero este no es el único inconveniente de tal concepción. hemos visto que en las sociedades inferiores la ausencia o el carácter rudimentario de un gobierno tan débil, tienen por consecuencia un tradicionalismo riguroso. Si es así, es que la sociedad tiene tradiciones fuertes y vigorosas que están grabadas profundamente en las conciencias individuales; y estas tradiciones son poderosas precisamente porque las sociedades son simples. Pero no ocurre así en las grandes sociedades actuales; las tradiciones han perdido su imperio y, como son incompatibles con el espíritu de examen y de libre crítica cuya necesidad se hace cada vez más viva, no pueden y no deben mantener la autoridad de antes. ¿Qué resulta de esto? Son los individuos, que, en la concepción de la democracia que examinamos, dan el impulso a los gobernantes; el Estado es incapaz de ejercer sobre ellos una influencia moderadora. Por otro lado no encuentran los individuos un número suficiente de ideas y sentimientos tan arraigados en ellos como para poder resistir a los primeros golpes de la duda y de la discusión. Ya no son numerosos estos Estados despóticos lo bastante fuertes como para colocarse por encima de la crítica y menos aún sus creencias o sus prácticas, sobre las que no permiten las controversias. En consecuencia, como los ciudadanos no están contenidos desde afuera por el gobierno, porque éste se halla a remolque de aquellos, ni desde dentro por el estado de ideas y sentimientos colectivos que llevan en sí, todo, en la práctica como en la teoría, se hace materia de controversia y de división, todo vacila. A la sociedad le falta una base firme. No hay nada fijo. Y como el espíritu crítico está ahora desarrollado, y cada uno tiene su manera propia de pensar, la angustia es todavía más amplia por todas estas diversidades individuales. De allí el aspecto caótico que muestran ciertas democracias, su perpetua movilidad e inestabilidad. Son los saltos bruscos, una existencia desordenada, jadeante y agotada. ¡Si aún tal estado de cosas se prestara para las transformaciones profundas! Pero los cambios que se producen allí no son frecuentemente sino superficiales. Pues las grandes transformaciones demandan tiempo, reflexión; exigen la continuidad del esfuerzo, . Muy a menudo estas modificaciones se anulan, mutuamente, día a día, y por fin el Estado permanece fundamentalmente estacionario. Estas sociedades, tan móviles en la superficie, son frecuentemente muy rutinarias.

No sirve de nada que disimulemos que este estado es en parte el nuestro. Estas ideas según las cuales el gobierno no es sino el conductor de las voluntades generales son corrientes entre nosotros. Aparecen ya, en su base, en la doctrina de Rousseau; con reservas más o menos importantes se encuentran en la base de nuestras prácticas parlamentarias. Importa, pues, hasta el más alto punto, saber de que causas dependen.

Sería sin duda cómodo decirse que se deben simplemente a un error de los espíritus que constituyen una simple falta de lógica, y para corregir esta falta sería suficiente señalarla, demostrarla con pruebas que la apuntalen, prevenir el retorno con la ayuda de la educación y la predicación adecuada. Pero los errores colectivos, como los errores individuales, poseen causas objetivas y nos e los puede subsanar sino obrando sobre las causas. Si los sujetos afectados de daltonismo confunden los colores es porque el órgano está constituido en forma tal que causa esta confusión, aunque se les advierta esto, continuarán viendo las cosas como las ven. Asimismo, si una nación se representa de tal forma el papel del Estado, la naturaleza de las relaciones que debe tener con éste, hay algo en el estado social que necesita esta representación falsa. Y todos los reproches, todas las exhortaciones no bastarán para disiparla, mientras no se modifique la constitución orgánica que la determine. Sin duda, no es inútil revelar al enfermo su mal y los inconvenientes del mismo, pero para que pueda curar, es necesario hacerle ver cuales son las condiciones de éste, para que pueda modificarlas. no es con buenas palabras como se pueden producir tales cambios.

Ahora bien, en este sentido, parece inevitable que esta forma desviada de la democracia substituya a la forma normal siempre que el Estado y la masa de individuos estén relacionados directamente, sin intermediario alguno intercalado entre ellos. Pues, como consecuencia de esta proximidad, se hace mecánicamente necesaria que la fuerza colectiva más débil, la del Estado, sea absorbida por la más intensa, la de la nación. Cuando el Estado se halla demasiado cercano a los particulares, cae bajo la dependencia de éstos al mismo tiempo que los molesta. Su vecindad los molesta, pues, a pesar de todo, trata éste de reglamentarlos directamente, aunque sea, como sabemos, incapaz de desempeñar tal papel. pero esta misma vecindad hace que dependa estrechamente de los particulares, pues, siendo el número, los particulares pueden modificarlo como les plazca. Desde el momento en que los ciudadanos eligen directamente sus representantes, es decir, los miembros más influyentes del órgano gubernamental, no es posible que estos representantes dejen de preocuparse, más o menos exclusivamente, por expresar fielmente los sentimientos de quienes lo han elegido, y no es posible que estos últimos dejen de reclamar esta docilidad como un deber. ¿No se trata acaso de un mandato realizado entre estas dos partes? Sin duda, correspondería a una política más alta el decir que los gobernantes deben gozar de gran iniciativa, que sólo con esta condición pueden cumplir su función. Pero hay una fuerza de las cosas contra la cual los mejores razonamientos no pueden nada. Mientras los arreglos políticos coloquen a los diputados y más generalmente a los gobernantes en contacto inmediato con la multitud de ciudadanos, es materialmente imposible que éstos dejen de hacer la ley. He aquí porque los buenos espíritus han reclamado frecuentemente que los miembros de las asambleas políticas fueran designados por un sufragio de segundo grado o aún de mayor grado. Los intermediarios intercalados liberarían al gobierno. Y estos intermediarios podrían quedar insertos sin que las comunicaciones entre los consejeros gubernamentales fueran por esto interrumpidas. No es necesario, de ninguna manera, que éstos fueran inmediatos. la vida debe circular sin solución de continuidad entre el Estado y los particulares y entre éstos y el Estado; pero no hay razón alguna para que esta circulación no se haga a través de órganos intermedios. Gracias a esta interposición, el Estado dependerá más de sí mismo, la distinción será más clara entre éste y el resto de la sociedad y, por esto mismo, será más capaz de autonomía.

Nuestro malestar político se debe, pues, a la misma causa que nuestro malestar social: a la ausencia de cuadros secundarios intercalados entre el individuo y el Estado. Ya hemos visto que estos grupos secundarios son indispensables para que el Estado no oprima al individuo; vimos luego que éstos son necesarios para que el Estado quede suficientemente libre del individuo. Y se concibe, en efecto, que éstos son útiles para los dos lados; pues, por una parte y por otra, hay interés porque estas dos fuerzas no se encuentren inmediatamente, en contacto, aunque ambas estén necesariamente vinculadas.

Pero, ¿cuáles son los grupos que deben liberar al Estado del individuo? Hay sólo dos tipos de éstos que pueden desempeñar tal papel. Están primeramente los grupos territoriales. Se puede concebir, en efecto, que los representantes de las comunas de un mismo distrito, quizá de un mismo departamento, constituyan el colegio electoral encargado de elegir a los miembros de las asambleas políticas. O bien se podría emplear este papel a los grupos profesionales una vez constituidos. Los consejos encargados de administrar nombrarían, cada uno de ellos, los gobernantes del Estado. En un caso como en el otro, la comunicación sería continua entre el Estado y los ciudadanos, pero no sería ya directa. De estos dos modos de organización, hay uno que parece más conforme con la con la orientación general de todo nuestro desarrollo social. Es cierto, en efecto, que los distritos territoriales no tienen la misma importancia, no desempeñan el mismo papel vital de antaño. Los lazos que unen a los miembros de una misma comuna o de un mismo departamento son muy superficiales. Se anudan y desanudan con extrema facilidad, desde que la población se ha hecho tan móvil. tales grupos, tienen, pues, algo de exterior y de artificial. Los grupos duraderos, aquellos a los que el individuo aporta toda su vida, a los cuales está más fuertemente unido, son los grupos profesionales. Parece, pues, que éstos están destinados a convertirse, en el porvenir, en la base de nuestra representación política como de nuestra organización social.

 

LECCIÓN NOVENA

MORAL CÍVICA (fin) / FORMAS DEL ESTADO - LA DEMOCRACIA

Luego de definir la democracia, vimos que podía concebirse y practicarse de una manera que altera gravemente su naturaleza. Esencialmente, es un régimen donde el Estado, aún siendo distinto de la masa de la nación, está en comunicación estrecha con ésta, y donde, por consiguiente, su actividad tiene un cierto grado de movilidad. Pero hemos visto que, en ciertos casos, esta comunicación estrecha podía llegar a una fusión más o menos completa.. El Estado, en lugar de ser un órgano definido, el foco de una vida especial y original, se convierte en un simple calco de la vida subyacente. No hace sino traducir en una notación diferente lo que piensan y lo que sienten los individuos. Su papel, no es ya el de elaborar ideas nuevas, puntos de vista nuevos, como podía hacerlo gracias a la forma en que está constituido, sino que sus funciones principales consisten en hacer un censo de las ideas, de los sentimientos más extendidos, los que tienen, como se dice, la mayoría. Resulta de este mismo censo. Elegir diputados es contar simplemente cuantos partidarios tiene tal idea en el país. Tal concepción es, pues, contraria a la noción de un Estado democrático, ya que ésta hace desvanecer casi totalmente la noción misma de Estado. Digo casi totalmente, pues, claro está, la fusión nunca es completa. No es posible, por la fuerza de las cosas, que el mandato de un diputado sea determinado en tal medida que lo ate completamente. Hay siempre un mínimo de iniciativa. Pero es ya mucho que exista una tendencia a reducir esta iniciativa al mínimo. Por esto, en tal sentido, dicho sistema político se aproxima al que se observa en las sociedades primitivas; pues, en una y en otra parte, el poder gubernamental es débil. Pero tenemos, al mismo tiempo, la enorme diferencia de que, en un caso, el Estado no existe aún, no existe sino en germen, mientras que en el otro, la desviación de la democracia está, por el contrario, muy desarrollada, dispone de una organización extendida y compleja. Y es justamente este doble aspecto contradictorio lo que muestra mejor el carácter anormal del fenómeno. Por una parte, un mecanismo complicado, sabio, con múltiples engranajes de una vasta administración, por el otro, una concepción del papel del Estado que es un retorno a las formas políticas más primitivas. De allí una mezcla extravagante de inercia y actividad. No se mueve por sí mismo, sino que queda a remolque de los sentimientos oscuros de la multitud, pero, por otro lado, los poderosos medios de acción de que dispone, hacen que sea susceptible de oprimir pesadamente a estos mismos individuos de los cuales es, su servidor.

Hemos dicho también que esta forma de entender y de practicar la democracia está enraizada aún con gran fuerza en nuestros espíritus. Rousseau, cuya doctrina es la sistematización de estas ideas, aparece como el teórico de nuestra democracia. Pero, de hecho, no hay filosofía política que represente mejor este doble aspecto contradictorio que acabamos de señalar. Vista por una de sus faces, es estrechamente individualista; el individuo es el principio de la sociedad, y ésta no es sino una suma de individuos. Se sabe, por otra parte, que autoridad atribuye éste al Estado. Por lo demás, lo que prueba bien que estas ideas actúan entre nosotros, es el espectáculo mismo de nuestra vida política. Es indiscutible que, vista desde afuera, en la superficie parece tener una movilidad excesiva. Los cambios suceden a los cambios, con una rapidez sin ejemplo; desde hace tiempo no ha logrado orientarse con éxito en un sentido fijo con cierta perseverancia y durante un período prolongado. Ahora bien, hemos visto que debía ser necesariamente así, desde el momento en que la multitud de individuos da el impulso al Estado y ordena casi soberanamente su marcha. Pero, al mismo tiempo, estos cambios superficiales recubren una inmovilidad rutinaria. Al mismo tiempo que se deplora el fluir siempre cambiante de los acontecimientos políticos, aparecen las quejas por la omnipotencia del gobierno, por su tradicionalismo inveterado.. Este es una fuerza sobre la cual nada se puede. Como todos estos cambios superficiales se hacen, en sentidos divergentes, se anulan entre sí; no queda nada de ellos, salvo la fatiga y el agotamiento que caracterizan estas variaciones sin término. Por consiguiente, los hábitos fuertemente constituidos, las rutinas que no son alcanzadas por los cambios, tienen tanto mayor imperio sobre la situación; sólo ellas son eficaces. Su fuerza proviene del exceso de fluidez del resto. Y no se sabe en realidad si es necesario quejarse o felicitarse, pues hay siempre un poco de organización que se mantiene, un poco de estabilidad y de determinación donde se necesita vivir. A pesar de todos sus defectos, es muy posible que la máquina administrativa nos preste, en este momento, servicios muy preciosos.

¿De dónde viene el mal observado? Es una concepción falsa, pero las concepciones falsas tienen causas objetivas. Es necesario que haya en nuestra constitución política , algo que explique este error.

Lo que parece haberlo producido es este carácter particular de nuestra organización actual, en virtud de la cual el Estado y la masa de los individuos se hallan directamente en contacto y en comunicación, sin que ningún intermediario se intercale entre ambos. Los colegios electorales comprenden a toda la población política del país, y de estos colegios sale directamente el Estado, al menos el órgano vital del Estado, la asamblea deliberante. Es pues, inevitable, que el Estado, formado en estas condiciones, sea más o menos un simple reflejo de la masa social, y nada más. Hay dos fuerzas colectivas enfrentadas: una, enorme porque esta constituida por la reunión de todos los ciudadanos, la otra, mucho más débil, porque no comprende sino a sus representantes. Es pues, mecánicamente necesario, que la segunda esté a remolque de la primera. Desde el momento en que los particulares eligen directamente a sus representantes, no es posible que estos últimos dejen de dedicarse exclusivamente a expresar con fidelidad los deseos de quienes lo han elegido, ni que éstos dejen de reclamar esta docilidad como un deber. Sin duda, sería una política más alta aquella en que se dijera que los gobernantes deben gozar de gran iniciativa, y que, con esta condición podrán desempeñar su papel, que, por el interés común, deben ver las cosas de otra manera, y desde otro punto de vista que el individuo, el hombre comprometido en sus otras funciones sociales y que, en consecuencia, hay que dejar que el Estado actúe según su naturaleza. Pero hay una fuerza de las cosas contra la cual los mejores razonamientos nada pueden. Mientras los arreglos políticos coloquen a los diputados en contacto inmediato con la masa no organizada de los particulares, es inevitable que ésta haga la ley. Este contacto inmediato no permite al Estado ser él mismo.

He aquí porque ciertos espíritus piden que los miembros de las asambleas políticas sean designados por sufragios de segundo grado o de un grado aún mayor. Es cierto, en efecto, que el único medio de liberar al gobierno es inventar intermediarios entre éste y el resto de la sociedad. Sin duda, es necesario que haya comunicación continua entre éste y todos los otros órganos sociales; pero es necesario que esta comunicación no llegue a hacer perder al Estado su individualidad. Es necesario que esté en contacto con la nación sin ser absorbido por ésta. Y, para esto, es necesario que el Estado y la nación no se toquen inmediatamente. El único medio de impedir que una fuerza menor caiga en la órbita de una fuerza más intensa es intercalar entre la primera y la segunda cuerpos resistentes que amortigüen la acción más enérgica. Desde el momento en que el Estado sale menos inmediatamente de la masa, sufre con menor fuerza su acción; puede disponer en mayor medida de sí mismo. Las tendencias oscuras que actúan confusamente en el país no influyen más con el mismo peso sobre sus pasos y no encadenan tan estrechamente sus resoluciones. Sólo que este resultado puede ser alcanzado únicamente si los grupos que se interponen entre la generalidad de los ciudadanos y el Estado son grupos naturales y permanentes. No bastaría, como se ha creído a veces, intercalar simplemente especies de intermediarios artificiales, creados únicamente por la circunstancia. Si se contentan sólo con constituir, por ejemplo, uno por uno, por colegios electorales que comprendan a la totalidad de los ciudadanos, un colegio más reducido, que, sea directamente, sea por intermedio de otro colegio aún más reducido, designara a los gobernantes, y que una vez cumplida su tarea desapareciera, el Estado así formado podría gozar de cierta independencia, pero entonces no cumpliría con la otra condición característica de la democracia, no estaría en comunicación estrecha con el conjunto del país. pues desde que aparece, el intermediario y los intermediarios que sirvieron para formarlo, habiendo cesado de existir, producirían un vacío entre éste y la multitud de los ciudadanos. No habría, entre éstos y aquél, ese intercambio constante que es indispensable. Si es importante que el Estado no esté bajo la dependencia de los particulares, no es menos esencial que no pierda el contacto con éstos. Esta comunicación insuficiente con el conjunto de la población es lo que hace la debilidad de toda asamblea reunida de esta manera. La misma está muy separada de las necesidades y de los sentimientos populares; éstos no llegan hasta aquélla con una continuidad suficiente. Resulta de esto que uno de los elementos esenciales de sus deliberaciones no esté presente.

Para que el contacto no se pierda nunca, es necesario que los colegios intermediarios así intercalados no se constituyan sólo por un instante, sino que funcionen por sí mismos de una manera continua. En otros términos, es necesario que sean los órganos naturales y normales del cuerpo social. Hay dos tipos de órganos que pueden desempeñar tal papel. Primeramente están los consejos secundarios destinados a la administración de los distritos territoriales. Por ejemplo, se puede imaginar que los consejos departamentales o provinciales, electos directa o indirectamente, no importa, sean llamados a desempeñar esta función. serían ellos quienes designen a los miembros de los consejos gubernamentales, de las asambleas propiamente políticas. Esta idea ha sido, casi, la que sirvió de base para la elección de nuestro senado actual. Pero lo que permite dudar de que tal disposición sea la más adecuada a la constitución de los grandes Estados europeos es que las divisiones territoriales del país pierden cada vez más su importancia. Mientras cada distrito, comuna, región, provincia, tenía su fisonomía propia, sus costumbres, sus hábitos, sus intereses particulares, los consejos destinados para la administración eran los engranajes esenciales de la vida política. En ellos se concentraban inmediatamente las ideas y las aspiraciones que trabajaban a las masas. pero, actualmente, el lazo que une a cada uno de nosotros con un punto del territorio que ocupamos es infinitamente frágil y se rompe con la mayor facilidad. Actualmente estamos aquí, mañana allá; nos sentimos tan bien en nuestra casa en tal o cual provincia, o, al menos, las afinidades especiales que tienen un origen territorial son muy secundarias y no producen una gran influencia sobre nuestra existencia. Aunque permanezcamos unidos a un mismo sitio, nuestras preocupaciones superan infinitamente a la circunscripción administrativa en la que residimos. La vida que nos rodea inmediatamente, no es la que nos interesa más vivamente. Profesor, industrial, ingeniero, artista, no son los hechos que se producen en mi comuna o en mi departamento los que me conciernen más directamente y los que me apasionan. puedo vivir regularmente mi vida entera aún ignorándolos. lo que nos atrae mucho más es, según las funciones que desempeñamos, lo que pasa en las reuniones científicas, lo que se publica, lo que se dice en los grandes centros de producción; las novedades artísticas de las grandes ciudades de Francia o del extranjero, tienen para el pintor o el escultor un interés distinto que los asuntos municipales; y se puede decir otro tanto de los industriales, que, por la naturaleza de su profesión, , se hallan en contacto con todo tipo de industrias y empresas comerciales dispersas sobre todos los puntos del territorio y aún del globo. El debilitamiento de los grupos puramente territoriales es un hecho irresistible. Pero entonces, los consejos quepresiden la administración de estos grupos no están en condiciones de concentrar y expresar la vida general del país; pues la forma en la cual esta vida se distribuye y organiza no refleja, al menos en general, la distribución territorial del país. He aquí por qué pierden su prestigio, por qué se invoca menos el honor de residir allí, por qué los espíritus emprendedores y los hombres de valor buscan otro teatro para su actividad. Es que éstos son órganos en decadencia. Una asamblea política que se apoye sobre esta base no puede dar sino una expresión muy imperfecta de la organización de la sociedad, de la relación real que existe entre las diferentes fuerzas y funciones sociales.

Y a que, por el contrario, la vida profesional adquiere cada vez más importancia a medida que el trabajo se divide más, tenemos todo el derecho de que ésta está destinada a suministrar la base de nuestra organización política. La idea de que el colegio profesional es el verdadero colegio electoral ya está apareciendo, y porque los lazos que nos unen unos a toros derivan de nuestra profesión más que de nuestras relaciones geográficas, es natural que la estructura política reproduzca esta forma según la cual nos agrupamos espontáneamente. Suponed constituidas o reconstituidas las corporaciones según un plan que hemos indicado: cada una tiene a su cabeza un consejo que la dirige, que administra su vida interna. ¿No estarían estos diversos consejos en maravillosas condiciones para desempeñar el papel de colegios electorales intermedios, papel que los grupos territoriales no pueden desempeñar más que débilmente? La vida profesional no se interrumpe nunca; nunca descansa. La corporación y sus órganos están siempre en acción, y, consecuentemente, las asambleas gubernamentales que se originaran no perderían nunca el contacto con los consejos de la sociedad, no se arriesgarían nunca a quedar aisladas en sí mismas y a no sentir demasiado pronto y demasiado vivamente los cambios que pueden producirse en las capas profundas de la población. La independencia quedaría asegurada sin que a comunicación se interrumpiera.

Tal combinación tendría, por otra parte, otras dos ventajas que merecen considerarse. Se ha criticado a menudo al sufragio universal, tal como se lo practica actualmente, por su incompetencia radical. Se ha señalado, no sin razón, que un diputado no podría resolver con conocimiento de causa los innumerables problemas que se le someten. Pero esta incompetencia del diputado no es sino un reflejo de la del elector; y la de éste último es la más grave. Pues como el diputado es un mandatario, como está encargado sobre todo de expresar el pensamiento de aquello a quienes representa, éstos deben plantearse igualmente los mismos problemas y, en consecuencia, atribuirse la misma competencia universal. De hecho, en cada consulta, el elector toma partido sobre todos los problemas vitales que pueden plantearse en las asambleas deliberantes y la elección consiste en un recuente numérico de todas las opiniones individuales emitidas de esta forma. ¿Es necesario señalar que no podrían ser declaradas? No sería así si se organizara el sufragio sobre la base corporativa. Para lo que concierne a los intereses de cada profesión, cada trabajador es competente; no es inepto para elegir a quienes pueden conducir mejor los asuntos comunes de la corporación. Por otro lado, los delgados que estos últimos enviaran a las asambleas políticas entrarían en ellas con sus capacidades especiales, y como estas asambleas ordenarían sobre todo las relaciones de las distintas profesiones, las unas con las otras, estarían compuestas de la forma más conveniente para resolver tales problemas. Los consejos gubernamentales serían entonces verdaderamente lo que es el cerebro en el organismo: una reproducción del cuerpo social. Todas las fuerzas vivas, todos los órganos vitales estarían representados allí, según su importancia respectiva. Y en el grupo así formado, la sociedad tomaría verdaderamente conciencia de sí misma y de su unidad; esta unidad resultaría naturalmente de la relaciones que se establecerían entre los representantes de las diferentes profesiones en estrecho contacto.

En segundo lugar, una dificultad inherente a la constitución de todo Estado democrático es que, como los individuos forman la única materia móvil de la sociedad, el Estado, en un sentido, no puede ser sino la obra de individuos, y, sin embargo, debe expresar algo totalmente distinto de los sentimientos individuales. Es necesario que parta de los individuos, y que, con todo, los trascienda. ¿Cómo resolver esta antinomia en la cual se ha debatido vanamente Rousseau? El único medio de hacer con los individuos algo distinto de ellos mismos, es ponerlos en contacto y agruparlos de una forma duradera. Los únicos sentimientos superiores a los sentimientos individuales son los que resultan de las acciones y reacciones que se intercambian entre los individuos asociados. Apliquemos la idea a la organización política. Si los individuos aportan, cada uno por su lado, el sufragio para constituir el Estado o los órganos que debes servir para constituirlo definitivamente, si cada uno hace su elección aislado, es casi imposible que tales votos estén inspirados por otra cosa que por preocupaciones egoístas y personales: al menos, éstas tendrían preponderancia, y, así, un particularismo individualista estará en la base de toda la organización. Pero supongamos que tales designaciones se hacen como resultado de una elaboración colectiva; su carácter será totalmente distinto. Pues cuando los hombres piensan en común, su pensamiento, es, en parte, la obra de la comunidad. Ésta obra sobre ellos, pesa sobre ellos con toda su autoridad, contiene las veleidades egoístas, orienta los espíritus en un sentido colectivo. Así, para que los sufragios expresen algo distinto de los individuos, para que estén animados desde el principio por un espíritu colectivo, es necesario que el colegio electoral elemental no esté formado por individuos vinculados sólo por esta circunstancia excepcional, que no se conocen, que no han contribuido a formarse mutuamente sus opiniones y que desfilarán, unos tras otros, delante de las urnas. Es necesario, a la inversa, que sea un grupo constituido, coherente, permanente, que no tome cuerpo por un momento, un día de voto. Entonces, cada opinión individual, porque se forma en ele seno de una colectividad, tiene algo de colectivo. Es claro que la corporación responde a este deseo. Porque los miembros que la componen están en contacto estrecho y constante, sus sentimientos se forman en común y expresan a la comunidad.

De este modo, la enfermedad política tiene la misma causa que la enfermedad social que sufrimos. Se debe a la ausencia de órganos secundarios entre el Estado y el resto de la sociedad. Estos óranos nos han parecido necesarios y para impedir al Estado tiranizar a los individuos; vemos ahora que son igualmente indispensables para impedir a los individuos absorber el Estado. Estos liberan a las dos fuerzas enfrentadas, al mismo tiempo que unen la una con la otra. Se ve cuán grave es esta falta de organización interna que hemos ya tenido ocasión de señalar en tantas oportunidades. En efecto, esta carencia implica un sacudimiento profundo, y, por así decir, el reblandecimiento de toda nuestra estructura social y política. Las formas sociales que, antaño, encuadraban a los particulares y servían como esqueleto de la sociedad, o bien han desaparecido, o bien están en camino de borrarse, y sin que nuevas formas tomen su lugar. No queda, pues, sino la masa fluida de los individuos. Pues el Estado mismo ha sido reabsorbido por ellos. Sólo la máquina administrativa tiene aún cierta consistencia, y continúa funcionando con la misma regularidad automática. Sin duda, la situación está lejos de no tener ejemplos en la historia. Todas las oportunidades en que la sociedad se forma o se renueva, pasa por una etapa análoga. En efecto, finalmente, de las acciones y reacciones intercambiadas directamente entre los individuos, se separa todo el sistema de la organización social y política; cuando ocurre que un sistema ha perdido vigencia por el tiempo, sin ser reemplazado por otro, a medida que se descomponía, es necesario que la vida social se remonte, en algún aspecto, a la fuente primera de la cual deriva, es decir a los individuos, para elaborarse allí de nuevo. Desde que éstos quedan solo, la sociedad funciones directamente por ellos. Son éstos quienes desempeñan, en forma difusa, las funciones correspondientes a los órganos desaparecidos o que corresponderán a los órganos que aún faltan. Suplen, por sí mismo, la organización que falta. Tal es nuestra situación, y si no es nada irremediable, si aún es posible ver en ella una fase necesaria de nuestra evolución no se puede desconocer lo que tiene de crítica. Una sociedad hecha de una materia tan inestable está expuesta a desorganizarse bajo los efectos de la menor sacudida. Nada la protege contra las cosas de afuera o de adentro.

Estas consideraciones eran necesarias para llegar a explicar con qué espíritu deben entenderse, practicarse, enseñarse, los diversos deberes cívicos, por ejemplo: el deber que nos ordena respetar la ley, y el que nos prescribe participar en la elaboración de las leyes por nuestro voto, o, más generalmente, participar en la vida pública.

Se ha dicho ocasionalmente que el respeto de las leyes, en una democracia, se debía a que la ley expresaba la voluntad de los ciudadanos. Debemos someternos a ella porque la hemos querido. Pero ¿cómo la razón valdría para la minoría? Es ella, sin embargo, quien tiene la mayor necesidad de practicar este deber. Sabemos que, en efecto, el número de los que, directa o indirectamente, han querido una ley determinada, no representa jamás sino una ínfima parte del país. Pero, sin insistir en estos cálculos, esta manera de justificar el respeto debido a las leyes es de las menos adecuadas para          inculcarla. ¿En qué se hace respetable una ley, incluso para mí, por el hecho de haberla querido? Lo que mi voluntad ha hecho, mi voluntad lo puede deshacer. Esencialmente cambiante, no puede servir de base para nada que sea estable. Se sorprende a veces la gente porque el culto de la legalidad esté tan poco arraigado en nuestras conciencias, que estemos siempre dispuestos a salir de él. Pero ¿cómo tener un culto por un orden legal que puede ser reemplazado de hoy para mañana por un orden diferente, por una simple decisión de un cierto número de voluntades individuales? ¿Cómo respetar un derecho que puede dejar de ser el derecho, en cuanto deja de ser querido como tal?

Lo que hace verdaderamente el respeto de la ley, es que ésta exprese adecuadamente las relaciones naturales de las cosas; sobre todo en una democracia, los individuos no la respetan sino en la medida en que le reconocen este carácter. No es porque la hemos hecho, porque ha sido querida por tantos votos por lo que nosotros nos sometemos a ella; es porque es buena, es decir, de acuerdo con la naturaleza de los hechos, porque es todo lo que debe ser, porque tenemos confianza en ella. Y esta confianza depende igualmente de la que nos inspiran los órganos encargados de elaborarla. Lo que importa, consecuentemente, es la forma en que la ley se realiza, la naturaleza de la organización especial destinada a hacer posible el desempeño de esta función. El respeto de la ley depende de lo que valen los legisladores y de lo que vale el sistema político. Lo que la democracia tiene de particular, e este respecto, gracias a la comunicación establecida entre los gobernantes y los ciudadanos, es que éstos están en condiciones de jugar la manera cómo los gobernantes cumplen su papel, dan o rechazan su confianza con un más completo conocimiento de causa. Pero nada más falso que esta idea, que sólo en la medida en que esté consagrada expresamente a la redacción de las leyes, tiene derecho a nuestra deferencia.

Queda el deber de votar. No tengo que estudiar aquí lo que podrá ser en un porvenir indeterminado, en las sociedades mejor organizadas que las nuestras. Es muy posible que pierda su importancia. Es muy posible que llegue un momento en el cual las designaciones necesarias para controlar los órganos políticos se hagan como por sí mismas, bajo la presión de la opinión, sin que hay propiamente que hablar de consultas definidas.

Pero actualmente la situación es muy otra. Hemos visto qué tiene de anormal; por esta razón, crea deberes especiales. Sobre la masa de individuos reposa todo el peso de la sociedad. Ésta no tiene otro sostén.

Es, pues, legítimamente como cada ciudadano, en cierto aspecto, se transforma en hombre de Estado. No podemos limitarnos a nuestras ocupaciones profesionales porque de momento, la vida pública no tiene otros agentes que la multitud de fuerzas individuales. Sólo que las razones mismas que hacen esta tarea necesaria, la determinan. Depende de un estado anómico que es necesario, no sufrir, sino trabajar para hacerlo desaparecer. En lugar de presentar como un ideal esta falta de organización que se califica injustamente como democracia, es necesario ponerle un término. En lugar de dedicarnos a conservar celosamente estos derechos y estos privilegios, es necesario remediar el mal que los hace provisoriamente necesarios. Dicho de otra manera, el primer deber es prepara lo que nos dispensará cada vez más de un papel para le cual no está hechos el individuo. Para esto, nuestra acción política consistirá en crear esto órganos secundarios que, a medida que se formen, liberarán a la vez al individuo del Estado y al Estado del individuo y permitirán, paulatinamente, la liberación de este último de una tarea para la cual no está hecho.