LECCIÓN SÉPTIMA
MORAL CÍVICA
(continuación) / FORMAS DEL ESTADO - LA
DEMOCRACIA
Pero los deberes
respectivos del Estado y de los
ciudadanos varía según las formas particulares de los Estados. No son
los
mismos en lo que se llama aristocracia, democracia o monarquía. Es
importante,
pues, saber en qué consisten estas formas diferentes, cuál es la razón
de ser
de la que tiende a convertirse en general en las sociedades europeas.
Es con
esta condición como podremos comprender las razones de ser de nuestros
deberes
cívicos actuales.
Desde Aristóteles se ha
clasificado a los Estados según
el número de los que participan en el gobierno. “Cuando el pueblo como
grupo
tiene el poder soberano, dice Montesquieu, es una democracia. Cuando el
poder
soberano está en las manos de una parte del pueblo, se llama
aristocracia” (II,
2). El gobierno monárquico es aquel donde gobierna uno solo. Con todo,
para
Montesquieu no hay monarquía verdadera más que cuando el rey gobierna
según
leyes fijas y establecidas. Cuando, por el contrario, “uno solo, sin
ley y sin
reglas, arrastra todo por su voluntad y sus caprichos”, la monarquía
toma el
nombre de despotismo. Así, salvo esta consideración relativa a la
presencia o
ausencia de una constitución, Montesquieu define por el número de
gobernantes
la forma del Estado.
Sin duda, en la
continuación de su libro, cuando busca el
sentimiento que causa cada uno de estos gobiernos; honor, virtud,
temor,
muestra que tenía el sentimiento de las diferencias cualitativas que
distinguen
a estos diferentes tipos de Estado. Pero, para él, estas diferencias
cualitativas son sólo la consecuencia de las diferencias puramente
cuantitativas que hemos acordado en primer lugar, y deriva a aquéllas
de éstas.
El número de gobernantes determina la naturaleza del sentimiento que
debe
servir como motor de la actividad colectiva, así como de todos los
detalles de
su organización.
Pero esta forma de
definir los distintos tipos políticos
resulta tan difusa como superficial. Primeramente, ¿qué se entiende por
número
de gobernantes? ¿Dónde comienza y dónde termina el órgano gubernamental
cuyas
variaciones determinarían la forma de los Estados? ¿Se lo considera así
al
conjunto de todos los hombres dedicados a la dirección general del
país? Pero
nunca, o casi nunca, todos estos poderes están concentrados en las
manos de un
solo hombre. Por absoluto que sea un príncipe, tiene a su alrededor
consejos,
ministros que se distribuyen estas funciones reguladoras. Desde este
punto de
vista, no hay más que diferencias de grado entre la monarquía y la
aristocracia. Un soberano está siempre rodeado de un grupo de
funcionarios, de
dignatarios, frecuentemente tanto o más poderosos que él. ¿Se lo
considera que
toma sólo en cuenta la parte más eminente del órgano gubernamental,
aquella
donde se encuentran concentrados los poderes más elevados, los que,
para
emplear las expresiones de los antiguos teóricos de la política,
pertenecen al
príncipe? ¿Sólo se debe considerar al jefe de Estado? En este caso,
habrá que
distinguir los Estados según tengan por jefe una sola persona o un
consejo de
personas, o todo el mundo. Pero, en esta cuenta, se podría comprender
bajo el
mismo nombre y calificar igualmente la monarquía a Francia en el siglo
XVII,
por ejemplo, y a una república centralizada, como nuestra Francia
actual o la
república americana. En todos estos casos, hay en la cima de la
monarquía de
los funcionarios una sola persona, que lleva solamente nombres
distintos en
estas diferentes sociedades.
Por otro lado, ¿qué se
entiende por gobernar? Gobernar es
sin duda ejercer una acción positiva sobre la marcha de los asuntos
públicos.
Ahora bien, en este aspecto, la democracia puede ser semejante a la
aristocracia. En efecto, es muy frecuentemente la voluntad de la
mayoría la que
hace la ley, y sin que los sentimientos de la minoría tengan la menor
influencia. La mayoría puede ser tan opresiva como una casta. Puede muy
bien
hacer que la minoría no llegue a ser parte, que, en todo caso, las
mujeres, los
niños y los adolescentes, todos aquellos que no pueden votar por alguna
razón,
están fuera de los colegios electorales; resulta de ello que éstos no
comprenden en realidad sino a la minoría de la nación. Y como los
electos no
representan más que a la mayoría de estos colegios, representan en
realidad a
una minoría. En Francia, sobre treinta y ocho millones de habitantes,
había en
1893 sólo diez millones de electores; sobre estos diez millones, sólo
siete
hicieron uso de sus derechos, y los diputados electos por estos siete
millones no
representaban más que 4.592.000 votos. En relación con el conjunto de
los
electores 5.930.000 votos no fueron representados, siendo éste un
número de
votos superior al que había dado el triunfo a los diputados electos.
Si, pues,
se consideran los datos numéricos, es necesario decir que no ha habido
nunca
democracia. A lo más, podría decirse, para diferenciarla de la
aristocracia,
que bajo un régimen aristocrático la minoría que gobierna está fijada
de una
vez siempre, mientras que en una democracia, la minoría que triunfa
actualmente
puede ser derrotada mañana y reemplazada por otra. Y la diferencia es
mínima.
Pero fuera de estas
consideraciones un poco dialécticas,
hay un hecho histórico que ilumina a la insuficiencia de las
definiciones
usuales.
Éstas llevan, en
efecto, a confundir tipos de Estados
situados, por así decir, en los dos extremos opuestos de la evolución.
Si se
llama democracia a las sociedades donde todo el mundo participa en la
dirección
de la vida común, el término se adecua a maravillas a las sociedades
políticas
más inferiores conocidas. Es lo que caracteriza a la organización que
los
ingleses llaman tribal. Una tribu está compuesta por un cierto número
de
clanes. Cada clan está administrado por el grupo mismo; cuando tiene un
jefe,
éste no posee sino poderes muy débiles. Y la confederación está
gobernada por
un consejo de representantes. En ciertos aspectos, es el mismo régimen
que
aquel en el cual vivimos. No se dejó de apoyarse en esta comparación
para
concluir que la democracia es una forma de organización esencialmente
arcaica,
que intentar instituirla en el seno de las sociedades actuales es
volver la
civilización a sus orígenes, es invertir el curso de la historia. En
virtud de
este método se acercan a veces los proyectos de los socialistas sobre
la vida
económica del comunismo antiguo para demostrar su pretendida inanidad.
Y es
necesario reconocer que, en un caso como en el otro, la conclusión
sería
legítima si el postulado fuera exacto, es decir, si las dos formas de
organización social que se identifican de esta manera fueran realmente
idénticas. Es verdad que no hay formas de gobierno a las cuales pudiera
aplicarse la misma crítica, a menos que se consideren las definiciones
precedentes. La monarquía no es menos arcaica que la democracia. Muy
frecuentemente se observa que los clanes o las tribus confederadas se
concentran en las manos de un soberano absoluto. La monarquía en Atenas
y Roma
fue anterior a la república. Todas estas confusiones son sólo la prueba
de que
los tipos de Estado deben ser definidos de otra manera.
Para encontrar la
definición conveniente, volvamos a lo
que hemos dicho de la naturaleza del Estado en general. El Estado,
hemos dicho,
es el órgano del pensamiento social. Lo que no quiere decir que todo
pensamiento
social emane del Estado. Pero hay dos tipos de pensamientos. Uno viene
de la
masa colectiva y está difundido en ella; está hecho de sentimientos,
aspiraciones y creencias que la sociedad ha elaborado colectivamente y
que
están desparramados por todas las conciencias. El otro se elabora en
ese órgano
especial que se llama Estado o gobierno. Uno y otro están estrechamente
vinculados. Los sentimientos que circulan difundidos por toda la
extensión de
la sociedad influyen sobre las decisiones que toma el Estado, e,
inversamente,
las decisiones que toma el Estado, las ideas que se exponen en la
cámara, las
palabras que se pronuncian allí, las medidas concertadas entre los
ministros,
repercuten en toda la sociedad, modifican en ella las ideas dispersas.
Pero por
más reales que sean esta acción y esta reacción, hay, con todo, dos
formas muy
diferentes de la vida psicológica colectiva. Una está dispersa, la
otra,
organizada y centralizada. Una, como consecuencia de esta dispersión,
permanece
en la penumbra del subconsciente. Nos damos poca cuenta de todos los
prejuicios
colectivos que nos influyen desde la infancia, de todas las corrientes
de
opinión que se forman aquí y allá y nos llevan en tal o cual sentido.
No hay,
en todo esto, nada de deliberado. Toda esta vida tiene algo de
espontáneo y de
automático, de irreflexivo. Por el contrario, la deliberación, la
reflexión, es
la característica de todo lo que ocurre en el órgano gubernamental.
Verdaderamente, es un órgano de reflexión, muy rudimentario todavía,
pero llamado
a desarrollarse cada vez más. Todo está organizado allí, y,
especialmente, todo
se organiza allí cada vez más para prevenir los movimientos
irreflexivos. Las
discusiones de las asambleas, forma colectiva de lo que es la
deliberación en
la vida del individuo, tienen precisamente por objeto mantener muy
claros,
forzar a los espíritus a tomar conciencia de los motivos que los
inclinan en
tal o cual sentido, hacer que se den cuenta de lo que han hecho. Es
esto lo que
hay de pueril en los reproches dirigidos a la institución de las
asambleas de
los consejos deliberantes. Son los únicos instrumentos de que dispone
la
colectividad para prevenir la acción irreflexiva, automática, ciega.
Así, hay
entre la vida psicológica dispersa en la sociedad y la concentrada y
elaborada
especialmente en los órganos gubernamentales, la misma oposición que
hay entre
la vida psicológica dispersa del individuo y su conciencia clara. En
cada uno
de nosotros hay en cada momento una multitud de ideas, de tendencias,
de
hábitos, que actúan sobre nosotros sin que sepamos justamente cómo ni
por qué.
Los percibimos apenas, los distinguimos mal. Están en el subconsciente.
Sin
embargo, afectan nuestra conducta, y aun hay muchos hombres que no está
impulsados por otros móviles. Pero en la parte reflexiva hay algo más.
El yo
que es, la personalidad consciente que constituye, no se deja llevar a
remolque
por todas las corrientes oscuras que pueden formarse en las
profundidades de
nuestro ser. Reaccionamos contra estas corrientes, queremos actuar con
conocimiento de causa, para esto reflexionamos, deliberamos. Hay sí, en
el
centro de nuestra conciencia, un círculo interior sobre el cual nos
esforzamos
por concentrar la luz. Percibimos lo que pasa allí más claramente, al
menos, en
comparación de lo que pasa en las regiones subyacentes. Esta conciencia
central
y relativamente clara es a las representaciones anónimas, confusas, que
son la
subestructura de nuestro espíritu, lo que la conciencia colectiva
dispersa de
la sociedad es a la conciencia gubernamental. Ahora bien, una vez
comprendido
lo que ésta tiene de particular, que no es un simple reflejo de la
conciencia
colectiva oscura, la diferencia que separa las formas de los Estados es
fácil
de señalar.
Se concibe, en efecto,
que esta conciencia gubernamental
puede concentrarse en estos órganos más restringidos, o, por el
contrario,
desparramarse en el conjunto de la sociedad. Allí donde el órgano
gubernamental
está sustraído celosamente a la mirada de la multitud, todo lo que pasa
en él
permanece ignorado. Las masas profundas de la sociedad reciben su
acción sin
asistir, ni de lejos, a las deliberaciones que tienen lugar en él, sin
percibir
los motivos que determinan a los gobernantes en las medidas que
tomasen. En
consecuencia, lo que hemos llamado conciencia gubernamental queda
localizada
estrictamente en estas esferas especiales, que son siempre de poca
extensión.
Pero puede ocurrir también que estas especies de compartimientos
estancos que
separan este medio particular del resto de la sociedad sean más
permeables.
Puede ocurrir que al menos una gran parte de los pasos, que se producen
allí se
hagan a la luz; que las palabras que se intercambian se pronuncien como
para
ser entendidas por todos. Todo el mundo, entonces, puede tener
conciencia de los
problemas que se discuten, de las condiciones en que se plantean, de
las
razones al menos aparentes que determinan las soluciones adoptadas.
Así, las
ideas, los sentimientos, las resoluciones que se elaboran en el seno de
los
órganos gubernamentales no permanecen encerradas en éste; toda esta
vida
psicológica, a medida que se libera, repercute en todo el país. Todo el
mundo
se encuentra participando de esta conciencia sui generis, todo
el mundo
se plantea los problemas discutidos por los gobernantes, todo el mundo
reflexiona sobre ellos o puede hacerlo. Luego, por un retorno natural,
todas
las reflexiones dispersas que se producen así, actúan a su vez sobre
este
pensamiento gubernamental, de donde emana. Desde el momento en el cual
el
pueblo se plantea los mismos problemas que el Estado, el Estado para
resolverlos ya no puede hacer abstracción de lo que piensa el pueblo.
Es
necesario que lo tenga en cuenta. De allí la necesidad de consultas más
o menos
regulares, más o menos periódicas. No porque el uso de estas consultas
esté
establecido que la vida gubernamental está en comunicación mayor con la
masa de
los ciudadanos, sino porque esta comunicación está establecida por sí
misma,
previamente estas consultas se han hecho indispensables. Y lo que ha
dado origen
a esta comunicación es que el Estado dejó cada vez más de ser lo que
fue
durante mucho tiempo, una especie de ser misterioso al cual el vulgo no
osaba
elevar sus ojos y que no se representaba, muy frecuentemente, sino bajo
la
forma del símbolo religioso. Los representantes del Estado tenían un
carácter
sagrado, y, como tales, estaban separados del común. Pero, poco a poco,
por el
movimiento general de las ideas, el Estado perdió esta especie de
trascendencia
que lo aislaba en sí mismo. Se ha acercado a los hombres, y los hombres
se le
acercaron. Las comunicaciones se han convertido en más íntimas, y es
así como
poco a poco se estableció este circuito que recordaremos luego. El
poder
gubernamental, en lugar de permanecer replegado sobre sí mismo, ha
descendido a
las capas profundas de la sociedad, allí recibe una elaboración nueva y
vuelve
a su punto de partida. Lo que ocurre en los medios llamados políticos
lo
observa, y controla todo el mundo, y el resultado de estas
observaciones, de
este control, de las reflexiones que resultan de esto, influyen a su
vez sobre
los medios gubernamentales. Se reconoce en este rasgo uno de los
caracteres que
distinguen lo que generalmente se llama la democracia.
No hace falta decir,
pues, que la democracia es la forma
política de una sociedad que se gobierna a sí misma, donde el gobierno
está
extendido por la nación. Una definición semejante es contradictoria en
sus
términos. Es casi decir que la democracia es una sociedad política sin
Estado.
En efecto, el Estado o no es nada o es un órgano distinto del resto de
la
sociedad. Si el Estado está en todos lados, no está en ninguno. Resulta
éste de
una concentración que separa de la masa colectiva a un grupo de
individuos
determinados, en el cual el pensamiento social está sometido a una
elaboración
de un género particular y llega a un grado excepcional de claridad. Si
esta
concentración no existe, si el pensamiento social permanece totalmente
disperso, sigue siendo oscuro, y el rasgo distintivo de las sociedades
políticas no aparece. Sólo las comunicaciones entre este órgano
especial y los
otros órganos sociales pueden ser más o menos estrechas, más continuas
o más
intermitentes. Seguramente, a este respecto, no puede haber más que
diferencias
de grado. No hay Estado tan absoluto en el cual los gobiernos rompan
todo
contacto con la masa de sus súbditos; pero las diferencias de grado
pueden ser
importantes y aumentan exteriormente por la presencia o la ausencia, o
por el
carácter más o menos rudimentario, más o menos desarrollado, de ciertas
instituciones destinadas a establecer dicho contacto. Estas
instituciones son
las que permiten al público, sea seguir la marcha del gobierno
(asamblea
pública, diarios oficiales, educación destinada a colocar al ciudadano
en
estado de cumplir un día con sus funciones, etc.....), sea transmitir
directa o
indirectamente a los órganos gubernamentales el producto de sus
reflexiones
(órgano del derecho de sufragar). Pero lo que es necesario rechazar a
cualquier
precio es el admitir una concepción que, haciendo que el Estado se
desvanezca,
ofrece a la crítica una fácil objeción. La democracia así entendida es
la que
se observa al comienzo de las sociedades. Si todo el mundo gobierna, es
que en
realidad no hay gobierno. Son unos sentimientos colectivos dispersos,
vagos y
oscuros, que guían a las poblaciones. Ningún pensamiento claro dirige
la vida
de los pueblos. Estas especies de sociedades se parecen a los
individuos cuyos
actos están inspirados sólo por la rutina y el prejuicio. Es decir, que
no se
los podría presentar como término del progreso: son más bien un punto
de
partida. Si se conviene en reservar el nombre de democracia para las
sociedades
políticas, no hay que aplicarlo a las tribus amorfas que no tienen
Estado, que
no son sociedades políticas. La distancia es, pues, grande, a pesar de
las
apariencias análogas. Sin duda, en uno y otro caso -y esto es lo que
produce la
semejanza-, la sociedad entera participa de la vida pública, pero
participa en
ella de manera muy diferente. Y lo que hace la diferencia es que, en un
caso,
hay un Estado, y en el otro no lo hay.
Pero esta primera
característica no es suficiente. Hay
otra, que, por otra parte, es solidaria con la precedente. En las
sociedades
donde la conciencia gubernamental está estrechamente localizada,
alcanza a un
pequeño número de objetos. Al mismo tiempo que esta parte clara de la
conciencia pública está totalmente encerrada en un pequeño grupo de
individuos,
es, en sí misma, de poca extensión. Existe toda clase de usos, de
tradiciones,
de reglas que funcionan automáticamente sin que el Estado de por sí
mismo tenga
sentimiento de ello, y que, por consiguiente, escapan a su acción. El
número de
cosas sobre las cuales influyen las deliberaciones gubernamentales en
una
sociedad como la monarquía del siglo XVII es muy limitado. Toda la
religión
está fuera de su dominio, y, con la religión, todo tipo de prejuicios
colectivos contra los cuales el poder más absoluto se estrellaría, si
emprendiera la tarea de destruirlos. Por el contrario, actualmente, no
admitimos que haya en la organización pública nada que no pueda ser
considerado
por la acción del Estado. Suponemos en principio que todo puede ser
problematizado perpetuamente, que todo puede ser examinado, y que,
respecto de
las resoluciones a tomar, no estamos ligados por el pasado. En
realidad, el
Estado tiene una esfera muy grande de influencia actualmente respecto
de otras
épocas, porque la esfera de la conciencia clara se ha extendido. Todos
esos
sentimientos oscuros que están dispersos por naturaleza, todos esos
hábitos
adquiridos son resistentes al cambio precisamente porque son oscuros.
No se
puede modificar fácilmente lo que no se ve. Todos estos estados se
ocultan,
inasibles, precisamente porque están en las tinieblas. Por el
contrario, cuanto
más penetra la luz en las profundidades de la vida social, más fácil
resulta
introducir el cambio. Es así como el hombre cultivado, que tiene
conciencia de
sí, cambia más fácil y profundamente que un hombre inculto. He aquí
otro rasgo
de sociedades democráticas. Son más maleables, más flexibles, y deben
este
privilegio a que la conciencia gubernamental está extendida de manera
tal que
comprende cada vez más objetos. Por esto mismo, la oposición es muy
clara en
relación con sociedades no organizadas de los orígenes, con las
pseudodemocracias. Éstas están totalmente plegadas al yugo de la
tradición.
Suiza y los países escandinavos manifiestan bien esta oposición.
Es resumen, no se puede
hablar de diferencias de
naturaleza entre las diversas formas de gobierno; pero éstas se sitúan
entre
dos planos opuestos. En un punto extremo, la conciencia gubernamental
está lo
más aislada posible del resto de la sociedad, y tiene un mínimo de
extensión.
Ésta corresponde a las sociedades de tipo aristocrático o monárquico,
entre las
cuales quizá sea difícil hacer una distinción. Cuanto más estrecha se
hace la
comunicación entre la conciencia gubernamental y el resto de la
sociedad, más
se extiende esta conciencia y comprende más cosas, mayor es el carácter
democrático de la sociedad. La noción de democracia se encuentra, pues,
definida por una extensión máxima de esta conciencia, y, por esto
mismo, se
decide por esta comunicación.
LECCIÓN OCTAVA
MORAL
CÍVICA (continuación) / FORMAS DEL ESTADO - LA DEMOCRACIA
Hemos visto en la
última lección que era imposible definir la democracia y los otros
tipos de
Estado según el número de sus gobernantes. Fuera de las poblaciones más
inferiores, no existen sociedades en las cuales el gobierno sea
ejercido
inmediatamente; está siempre en las manos de una minoría, designada
aquí por el
nacimiento, allá por la elección, y según los casos, más o menos
extendidas,
pero que no comprenden sino un círculo restringido de individuos. No
hay, a
este respecto más que matices entre las distintas formas políticas.
Gobernar es
siempre la función de un órgano definido, y por lo tanto delimitado.
Pero lo
que varía en una forma muy sensible, según las sociedades, es la forma
en que
el órgano gubernamental se comunica con el resto de la nación. Unas
veces las relaciones
son raras, irregulares; el gobierno se oculta a las miradas, vive
replegado
sobre sí mismo, y, por otro lado, no tiene sino contactos intermitentes
e
insuficientes con la sociedad.. No la siente en forma constante, y no
es
sentido por ella. Se preguntará en qué emplea, en estas condiciones, su
actividad. Esta, en su mayor parte, se vuelca hacia afuera. Si se
mezcla tan
poco a la vida interna es su propia vida y está en otro lado; el
gobierno es
ante todo, el agente de las relaciones exteriores, el agente de las
conquistas,
el órgano de la diplomacia. En otras sociedades, por el contrario, las
comunicaciones entre el Estado y las otras partes de las sociedades son
numerosas, regulares, organizadas. Se mantiene a los ciudadanos al
corriente,
con los hechos del Estado, y el Estado se informa, de manera periódica
o
ininterrumpida, de lo que pasa en las profundidades de la sociedad. Se
informa
de lo que pasa hasta en las capas más lejanas y más oscuras de la
sociedad, sea
por vía administrativa, sea por medio de consultas electorales, y
dichas capas
se informan a su vez de los acontecimientos producidos en los medios
políticos.
Los ciudadanos asisten de lejos a ciertas deliberaciones que ocurren
allí,
conocen las medidas adoptadas y su juicio y el resultado de su
reflexión
vuelven al Estado por vías especiales. Es esto lo que verdaderamente
constituye
la democracia. Poco importan que los jefes o directores del Estado sean
más o
menos numerosos; lo que es esencial y característico es la manera en
que se comunican
con el conjunto de la sociedad. Sin duda, aún a este respecto, no hay
sino
diferencias de grado entre los distintos tipos de regímenes políticos,
pero
estas diferencias de grado son, esta vez, muy claras, y, por otra
parte, se
advierte exteriormente por la presencia o la ausencia de instituciones
adecuadas, que aseguren esta comunicación estrecha, distintiva de la
democracia.
Pero esta primera
característica no es la única. Hay una segunda, que, por otra parte, es
solidaria con la precedente. Cuanto más se localiza la conciencia
gubernamental
en los límites de su órgano, menor es el número de los objetos sobre
los cuales
actúa. Cuanto menos lazos lo unan a las diversas regiones de la
sociedad, menos
extensa será ésta.. Y esto es muy natural, pues donde podría
alimentarse, ya
que no tiene sino relaciones lejanas y raras con el resto de la nación.
El
órgano gubernamental no tiene sino una débil conciencia de lo que pasa
en el
interior del órgano-sociedad, consecuentemente, por la fuerza de los
hechos casi
toda la vida colectiva permanece confusa, dispersa, inconsciente. Está
constituida sólo de tradiciones inconscientes, de prejuicios, de
sentimientos
oscuros, que ningún órgano aprehende para llevarlos a la luz. Comparad
el
pequeño número de cosas sobre las cuales se deliberaba en el siglo
XVIII, y la
multitud de objetos a las cuales se aplican actualmente. La diferencia
es
enorme. Antaño, los asuntos exteriores ocupaban casi exclusivamente la
actividad pública. El derecho funcionaba en su totalidad
automáticamente, en
forma inconsciente; era la costumbre. Ocurría lo mismo con la religión,
la
educación, la higiene, la vida económica, al menos en gran parte; los
intereses
locales y regionales quedaban abandonados a sí mismos e ignorados.
Actualmente,
en un Estado como el nuestro, y hasta con diferencias de grado, como lo
son
cada vez más los grandes Estados europeos, todo lo que concierne a la
administración de la justicia, la vida pedagógica, económica del pueblo
se ha
hecho consciente. Cada día trae deliberaciones sobre estos problemas
que
producen diversas reacciones. Y esta diferencia es aún sensible en el
exterior.
Lo difuso, lo oscuro, lo incognoscible, escapa a nuestra acción. Cuando
no se
sabe o se sabe mal cuál es su carácter, no se lo puede cambiar. Para
modificar
una idea, un sentimiento, es necesario, primeramente, verlos,
considerarlos, lo
más claramente posible, advertir lo que son. Por esta razón, cuanto más
consciente es el individuo de sí mismo, y reflexiona, más accesible es
a los
cambios. Los espíritus incultos, por el contrario, son los espíritus
rutinarios, inmutables, a los cuales nada hace mella. Por esta misma
razón,
cuando las ideas colectivas y los sentimientos colectivos son oscuros,
inconscientes, cuando están dispersos en toda la sociedad, permanecen
inmutables. Se sustraen a la acción porque están fuera de la
conciencia. Son
inasibles porque están en las tinieblas. El gobierno no tiene ningún
poder
sobre ellos. Es así como es un error creer que los gobiernos que se
dicen
absolutos son todopoderosos. Es una ilusión como la produce una visión
superficial de las cosas. Son todopoderosos contra los individuos, y
esto es lo
que significa la calificación de absolutos que se le aplica; en este
sentido,
está fundada. Pero, contra el estado social, contra la organización de
la
sociedad, son relativamente impotentes. Luis XIV podía lanzar órdenes
reales
contra quién quisiera, pero no tenía fuerzas para modificar el derecho
reinante, los usos reinantes, las costumbres establecidas, las
herencias
recibidas. ¿Qué podía contra la organización religiosa y los
privilegios de
todo tipo que arrastraba consigo esta organización que se encontraba
por esto
mismo fuera de la acción gubernamental? Los privilegios de las ciudades
o de
las corporaciones resistieron hasta el fin del viejo régimen a todos
los
esfuerzos realizados para modificarlos. También se sabe con que
lentitud
evolucionaba entonces el derecho. Que se lo compare con la rapidez con
la cual
se introducen los cambios importantes actualmente en las diferentes
esferas de
la actividad social. A cada instante un nuevo reglamento de derecho
resulta
aprobado, otro abolido, se modifica la institución religiosa, la
administrativa, la educativa, etc. Todas estas cosas oscuras entran,
cada vez
más, en la región clara de la conciencia social, es decir, en la
conciencia
gubernamental. Por consiguiente, la maleabilidad se hace mayor. Cuanto
más se
aclara una idea, un sentimiento, más completamente quedan éstos bajo la
dependencia de la reflexión, más dominio se posee sobre ellos. Es
decir, que
pueden criticarse, discutirse libremente, y estas discusiones tienen,
necesariamente, por efecto hacerles perder su fuerza de resistencia,
volverlos
más aptos para el cambio, o aún cambiarlos directamente. Esta extensión
del
campo de la conciencia gubernamental, esta maleabilidad mayor, he aquí,
pues,
uno de los rasgos distintivos de la democracia. Porque hay un mayor
número de
cosas sometidas a la deliberación colectiva, hay también un mayor
número de
cosas en vías de cambio. El tradicionalismo, por el contrario, es la
característica de los otros tipos políticos. A este respecto, también
la
distinción es muy clara en relación con las seudodemocracias, de las
cuales
encontramos ejemplos en las sociedades inferiores y que son, por el
contrario,
incapaces de separarse de sus tradiciones y sus costumbres.
En resumen, para
llegar a tener una idea algo definida de lo que es la democracia, es
necesario
comenzar a desprenderse de un cierto número de concepciones corrientes
que no
pueden sino embarazar las ideas. Es necesario hacer abstracción del
número de
gobernantes; más aún de los títulos que ostentan. Tampoco hay que creer
que una
democracia es una sociedad donde el poder del Estado resulta débil. Un
Estado
puede ser democrático y estar fuertemente organizado. La verdadera
característica es doble: 1ro. La extensión mayor de la conciencia
gubernamental; 2do. Las comunicaciones más estrechas de esta conciencia
con la
masa de conciencias individuales.. Lo que justifica en cierta medida
las
confusiones cometidas es que en las sociedades en que el poder
gubernamental es
débil y restringido, las comunicaciones que lo unen con el resto de la
sociedad
son necesariamente muy estrechas, pues no se distingue de ellas. No
existe, por
así decir, fuera de la masa de la nación; se comunica, pues,
necesariamente con
ella. Es una población primitiva, los jefes políticos son sólo
delegados
siempre provisorios, sin funciones específicas. Viven la vida de todo
el mundo,
y sus deliberaciones decisivas quedan bajo el control de toda la
colectividad.
Pero no constituyen una organización definida y distinta. Además, no
encontramos en este caso nada que recuerde la segunda característica
que hemos
indicado, a saber, la plasticidad debida a la extensión de la
conciencia
gubernamental, es decir, del campo de las ideas claras colectivas..
Tales
sociedades son víctimas de la rutina tradicional. Esta segunda
característica
es, pues, quizá más distintiva que la primera. Por lo demás, el primer
criterio
puede ser muy útil, siempre que se lo emplee con discernimiento y que
se cuide
de no confundirse con un papel por el posible error debido al hecho de
que el
Estado no está separado de la sociedad y constituido de parte, y las
comunicaciones que pueden existir entre un Estado definido y la
sociedad que lo
gobierna.
Desde este punto de
vista, la sociedad nos aparece, pues, como la forma política por la
cual la
sociedad llega a la conciencia más pura de sí misma. Un pueblo es tanto
más
democrático cuanto la deliberación, la reflexión, el espíritu crítico
desempeñan un papel más considerable en la marcha de los asuntos
públicos. Es
tanto menos democrático cuanto el inconsciente, los hábitos no
conocidos, los
sentimientos oscuros, los prejuicios en una palabra, sustraídos al
examen, son
más preponderantes. Es decir que la democracia no es un descubrimiento
o un
renacimiento de nuestro siglo. Es el carácter que adquieren, cada vez
más, las
sociedades. Si sabemos liberarnos de las etiquetas vulgares que no
pueden sino
dañar a la claridad del pensamiento, reconoceremos que la sociedad del
siglo
XVII es más democrática que la del siglo XVI, más democrática que todas
las
sociedades basadas en el feudalismo.. Este es la dispersión de la vida
social,
es el máximo de la oscuridad, de la inconsciencia, que han reducido las
grandes
sociedades actuales. La monarquía centralizando cada vez más las
fuerzas
colectivas, extendiendo sus ramificaciones en todos los sentidos,
penetrando
más profundamente en las masas sociales, preparó el porvenir de la
democracia y
fue relativamente un gobierno democrático. Es totalmente secundario que
el jefe
de Estado haya tenido el nombre de rey; lo que se debe considerar son
las
relaciones que mantenía con el conjunto del país; y que el país estuvo
encargado
efectivamente, desde entonces, de la claridad de las ideas sociales.
Así, la
democracia no ha culminado desde hace cuarenta o cincuenta años; ha
comenzado a
ascender continuamente desde el comienzo de la historia.
Es fácil de
comprender lo que determina este desarrollo. Cuanto más extensas son
las
sociedades, más complejas, mayor necesidad tienen de reflexionar para
poder
conducirse. La rutina ciega, la tradición uniforme no pueden servir
para
ordenar la marcha de un mecanismo más delicado.. Cuanto más complejo se
hace el
medio social, más móvil se vuelve; es necesario, pues, que la
organización
social cambie en la misma medida, y para esto, como hemos dicho, es
necesario
que se haga consciente de sí misma y que reflexione. Cuando las cosas
pasan
siempre de la misma manera, el hábito basta para la conducta; pero
cuando las
circunstancias cambian sin cesar, es necesario a la inversa, que el
hábito no
sea dueño absoluto. Unicamente la reflexión permite descubrir las
prácticas
nuevas que son útiles, pues sólo ella puede anticipar el porvenir. He
aquí
porque las asambleas deliberativas se convierten en instituciones cada
vez más
generales; son el órgano por el cual las sociedades reflexionan sobre
sí
mismas, y, por consiguiente, el instrumento de transformaciones casi
ininterrumpidas que necesitan las condiciones actuales de la existencia
colectiva.. Para poder vivir actualmente, es necesario que los órganos
sociales
cambien a tiempo, rápidamente, es necesario que la reflexión social
siga
atentamente los cambios que se producen en las circunstancias y
organice los
medios de adaptarse a ellos. Al mismo tiempo que los progresos de la
democracia
son tan necesarios por el estado del medio social son igualmente
necesarios
para nuestras ideas morales más esenciales. En efecto, la democracia,
definida
como lo hemos hecho, es el régimen político más adecuado a nuestra
concepción
actual del individuo. El valor que le atribuimos a la personalidad
individual,
hace que no querramos hacer de ésta un instrumento maquinal que la
autoridad
social mueve desde afuera. Esta no es ella misma sino en la medida en
que es
una sociedad autónoma de acción. Sin duda, en cierto sentido, recibe
todo de
afuera: sus fuerzas morales, como sus fuerzas físicas. Así como
nosotros no
sostenemos nuestra vida material sino con los alimentos que tomamos del
medio
cósmico, alimentamos nuestra vida mental con las ideas y sentimientos
que nos
vienen del medio social. Nada proviene de nada, y el individuo
abandonado a sí
mismo no podría elevarse por encima de sí mismo. Lo que hace que se
supere, que
se haya elevado por encima del nivel de la animalidad, es el hecho de
que la
vida colectiva sobre él, lo penetra; son los elementos adventicios los
que dan
otra naturaleza. Pero hay dos formas en que un ser recibe la ayuda de
las
fuerzas exteriores. O las recibe pasivamente, inconscientemente, sin
saber por
qué, y, en este caso, no es sino una cosa; o se da cuenta de lo que
estas cosas
son, de las razones que tiene para someterse, para abrirse a ellas, y
entonces
no padece más, obra conscientemente, voluntariamente, comprendiendo lo
que
hace. La acción no es en este sentido, más que un estado pasivo cuya
razón de
ser conocemos y comprendemos. La autonomía de que puede gozar un
individuo no
consiste, pues, en revelarse contra la naturaleza; tal insurrección es
absurda,
estéril, sea contra las fuerzas del mundo material o contra las del
mundo
social. Ser autónomo es, para el hombre, comprender las necesidades a
las
cuales debe plegarse y aceptarlas con conocimiento de causa. No podemos
hacer
que las leyes de las cosas sean distintas de lo que son, pero nos
libramos de
ellas pensando, , es decir, haciéndolas nuestras por el pensamiento. Es
esto
que hace la superioridad moral de la democracia. Porque ésta es el
régimen de la
reflexión, permite al ciudadano aceptar las leyes de su país con más
inteligencia, y, por lo tanto, con menor pasividad. Porque hay
comunicaciones
constantes entre éste y el Estado, el Estado no es más, para los
individuos,
una fuerza exterior que les imprime un impulso totalmente mecánico.
Gracias a
los intercambios constantes que se producen entre éstos y él, su vida
queda
unida a la de aquéllos, como la de aquéllos a la de éste.
Pero aclarado esto
existen una concepción de la democracia y una manera de practicarla que
deben
ser distinguidas con cuidado de la que hemos expuesto.
Se dice muy
frecuentemente que bajo el régimen democrático la voluntad, el
pensamiento de
los gobernantes es idéntico y se confunde con el pensamiento y la
voluntad de
los gobernados. Desde este punto de vista, el Estado no hace sino
representar a
la masa de individuos y toda organización gubernamental no tendría otro
objeto
que el de expresar lo más fielmente posible, sin agregar nada y sin
modificar
nada, a los sentimientos dispersos en la colectividad. El ideal
consistiría,
por así decir, en expresarlos lo más adecuadamente posible. A esta
concepción
responde claramente el uso de lo que se llama el mandato imperativo y
de todos
sus sucedáneos. Pues, si bajo esta forma pura, no ha entrado en
nuestras
costumbres, las ideas que le sirven de base están muy difundidas.
Esta
forma de representarse los gobiernos y sus funciones tiene una cierta
generalidad. Ahora bien, nada es más contrario, en ciertos aspectos, a
la
noción misma de la democracia. Pues la democracia supone un Estado, un
órgano
gubernamental distinto del resto de la sociedad, aunque estrechamente
vinculado
con ella, y esta manera de ver es la negación misma de todo Estado, en
el
sentido propio del término, porque reabsorbe al Estado en la nación. Si
el
Estado no hace sino recibir las ideas y las voluntades particulares,
para saber
cuales son las más difundidas, las que tienen, como se dijo, la
mayoría, no
implica esto ninguna contribución verdaderamente personal a la vida
social. No
es sino un calco de lo que ocurre en las regiones subyacentes. Ahora
bien, es
contradictoria con la noción misma del Estado. El papel del Estado, en
efecto,
no es expresar, resumir el pensamiento irreflexivo de la multitud, sino
agregar
por encima de este pensamiento irreflexivo un pensamiento más meditado,
y que
por consiguiente, no puede ser sino diferente. Es, y debe ser, un
factor de
representaciones nuevas, originales, que deben poner a la sociedad en
condiciones de conducirse con más inteligencia que cuando se mueve
simplemente
por los sentimientos que la trabajan. Todas estas deliberaciones, todas
estas
discusiones, todos estos datos estadísticos, todas estas informaciones
administrativas que quedan a disposición de los consejos
gubernamentales y que
serán cada vez más abundantes, todo esto es el punto de partida de una
nueva
vida mental. Los materiales se reúnen de esta forma, y la multitud no
dispone
de ellos, y los mismos se someten a una elaboración de la cual la
muchedumbre
no es capaz, precisamente porque no tiene unidad, porque no está
concentrada en
un mismo límite, porque su atención no puede aplicarse en un mismo
momento a un
mismo objeto. ¿Cómo no habría de salir de todo esto algo nuevo? El
deber del
gobierno es usar todos los medios, no sólo para separar lo que piensa
la
sociedad, sino también para descubrir lo que tiene de más útil para la
sociedad. Para saber lo que es útil está mejor ubicado que la masa;
debe, pues,
ver las cosas de otra forma que ella. Sin duda, es necesario de que
esté
informado de lo que piensan los ciudadanos; pero esto no es sino uno de
sus
elementos de meditación y de reflexión, y ya que está constituido para
pensar
de una manera especial, debe pensar por su cuenta. Esta es su razón de
ser.
Asimismo, es indispensable que el resto de la sociedad sepa lo que el
Estado
hace, lo que piensa, lo siga y lo juzgue es necesario que haya, entre
estas dos
partes de la organización social, una armonía lo más completa posible.
Pero
esta armonía no implica que el Estado quede sojuzgado por los
ciudadanos, y
reducido a ser sólo un eco de sus voluntades. Esta concepción del
Estado se
acerca muy evidentemente a la que es la base de las llamadas
democracias
primitivas. Se distingue de la misma en que la organización exterior
del Estado
es distinta, más sabia y complicada. No se podría comparar un consejo
de
Saquems con nuestra organización gubernamental, aunque la función sea
sensiblemente la misma. . En un caso como en otro, estaría privada de
toda
autonomía. ¿Qué resultaría de esto? Tal Estado faltaría a su misión en
lugar de
clarificar los sentimientos oscuros de la masa, de subordinarlos a
ideas más
claras, más razonadas, no haría sino dar la preeminencia a aquellos
sentimientos que parecieran ser los más generales.
Pero este no es el
único inconveniente de tal concepción. hemos visto que en las
sociedades
inferiores la ausencia o el carácter rudimentario de un gobierno tan
débil,
tienen por consecuencia un tradicionalismo riguroso. Si es así, es que
la
sociedad tiene tradiciones fuertes y vigorosas que están grabadas
profundamente
en las conciencias individuales; y estas tradiciones son poderosas
precisamente
porque las sociedades son simples. Pero no ocurre así en las grandes
sociedades
actuales; las tradiciones han perdido su imperio y, como son
incompatibles con
el espíritu de examen y de libre crítica cuya necesidad se hace cada
vez más
viva, no pueden y no deben mantener la autoridad de antes. ¿Qué resulta
de
esto? Son los individuos, que, en la concepción de la democracia que
examinamos, dan el impulso a los gobernantes; el Estado es incapaz de
ejercer
sobre ellos una influencia moderadora. Por otro lado no encuentran los
individuos un número suficiente de ideas y sentimientos tan arraigados
en ellos
como para poder resistir a los primeros golpes de la duda y de la
discusión. Ya
no son numerosos estos Estados despóticos lo bastante fuertes como para
colocarse por encima de la crítica y menos aún sus creencias o sus
prácticas,
sobre las que no permiten las controversias. En consecuencia, como los
ciudadanos no están contenidos desde afuera por el gobierno, porque
éste se
halla a remolque de aquellos, ni desde dentro por el estado de ideas y
sentimientos colectivos que llevan en sí, todo, en la práctica como en
la
teoría, se hace materia de controversia y de división, todo vacila. A
la
sociedad le falta una base firme. No hay nada fijo. Y como el espíritu
crítico
está ahora desarrollado, y cada uno tiene su manera propia de pensar,
la
angustia es todavía más amplia por todas estas diversidades
individuales. De
allí el aspecto caótico que muestran ciertas democracias, su perpetua
movilidad
e inestabilidad. Son los saltos bruscos, una existencia desordenada,
jadeante y
agotada. ¡Si aún tal estado de cosas se prestara para las
transformaciones
profundas! Pero los cambios que se producen allí no son frecuentemente
sino
superficiales. Pues las grandes transformaciones demandan tiempo,
reflexión;
exigen la continuidad del esfuerzo, . Muy a menudo estas modificaciones
se
anulan, mutuamente, día a día, y por fin el Estado permanece
fundamentalmente
estacionario. Estas sociedades, tan móviles en la superficie, son
frecuentemente muy rutinarias.
No sirve de nada que
disimulemos que este estado es en parte el nuestro. Estas ideas según
las cuales
el gobierno no es sino el conductor de las voluntades generales son
corrientes
entre nosotros. Aparecen ya, en su base, en la doctrina de Rousseau;
con
reservas más o menos importantes se encuentran en la base de nuestras
prácticas
parlamentarias. Importa, pues, hasta el más alto punto, saber de que
causas
dependen.
Sería sin duda
cómodo decirse que se deben simplemente a un error de los espíritus que
constituyen una simple falta de lógica, y para corregir esta falta
sería
suficiente señalarla, demostrarla con pruebas que la apuntalen,
prevenir el
retorno con la ayuda de la educación y la predicación adecuada. Pero
los
errores colectivos, como los errores individuales, poseen causas
objetivas y
nos e los puede subsanar sino obrando sobre las causas. Si los sujetos
afectados de daltonismo confunden los colores es porque el órgano está
constituido en forma tal que causa esta confusión, aunque se les
advierta esto,
continuarán viendo las cosas como las ven. Asimismo, si una nación se
representa de tal forma el papel del Estado, la naturaleza de las
relaciones
que debe tener con éste, hay algo en el estado social que necesita esta
representación falsa. Y todos los reproches, todas las exhortaciones no
bastarán para disiparla, mientras no se modifique la constitución
orgánica que
la determine. Sin duda, no es inútil revelar al enfermo su mal y los
inconvenientes del mismo, pero para que pueda curar, es necesario
hacerle ver
cuales son las condiciones de éste, para que pueda modificarlas. no es
con
buenas palabras como se pueden producir tales cambios.
Ahora bien, en este
sentido, parece inevitable que esta forma desviada de la democracia
substituya
a la forma normal siempre que el Estado y la masa de individuos estén
relacionados directamente, sin intermediario alguno intercalado entre
ellos.
Pues, como consecuencia de esta proximidad, se hace mecánicamente
necesaria que
la fuerza colectiva más débil, la del Estado, sea absorbida por la más
intensa,
la de la nación. Cuando el Estado se halla demasiado cercano a los
particulares, cae bajo la dependencia de éstos al mismo tiempo que los
molesta.
Su vecindad los molesta, pues, a pesar de todo, trata éste de
reglamentarlos
directamente, aunque sea, como sabemos, incapaz de desempeñar tal
papel. pero
esta misma vecindad hace que dependa estrechamente de los particulares,
pues,
siendo el número, los particulares pueden modificarlo como les plazca.
Desde el
momento en que los ciudadanos eligen directamente sus representantes,
es decir,
los miembros más influyentes del órgano gubernamental, no es posible
que estos
representantes dejen de preocuparse, más o menos exclusivamente, por
expresar
fielmente los sentimientos de quienes lo han elegido, y no es posible
que estos
últimos dejen de reclamar esta docilidad como un deber. ¿No se trata
acaso de
un mandato realizado entre estas dos partes? Sin duda, correspondería a
una
política más alta el decir que los gobernantes deben gozar de gran
iniciativa,
que sólo con esta condición pueden cumplir su función. Pero hay una
fuerza de
las cosas contra la cual los mejores razonamientos no pueden nada.
Mientras los
arreglos políticos coloquen a los diputados y más generalmente a los
gobernantes en contacto inmediato con la multitud de ciudadanos, es
materialmente imposible que éstos dejen de hacer la ley. He aquí porque
los
buenos espíritus han reclamado frecuentemente que los miembros de las
asambleas
políticas fueran designados por un sufragio de segundo grado o aún de
mayor
grado. Los intermediarios intercalados liberarían al gobierno. Y estos
intermediarios podrían quedar insertos sin que las comunicaciones entre
los
consejeros gubernamentales fueran por esto interrumpidas. No es
necesario, de
ninguna manera, que éstos fueran inmediatos. la vida debe circular sin
solución
de continuidad entre el Estado y los particulares y entre éstos y el
Estado;
pero no hay razón alguna para que esta circulación no se haga a través
de
órganos intermedios. Gracias a esta interposición, el Estado dependerá
más de
sí mismo, la distinción será más clara entre éste y el resto de la
sociedad y,
por esto mismo, será más capaz de autonomía.
Nuestro malestar
político se debe, pues, a la misma causa que nuestro malestar social: a
la
ausencia de cuadros secundarios intercalados entre el individuo y el
Estado. Ya
hemos visto que estos grupos secundarios son indispensables para que el
Estado
no oprima al individuo; vimos luego que éstos son necesarios para que
el Estado
quede suficientemente libre del individuo. Y se concibe, en efecto, que
éstos
son útiles para los dos lados; pues, por una parte y por otra, hay
interés
porque estas dos fuerzas no se encuentren inmediatamente, en contacto,
aunque
ambas estén necesariamente vinculadas.
Pero, ¿cuáles son
los grupos que deben liberar al Estado del individuo? Hay sólo dos
tipos de
éstos que pueden desempeñar tal papel. Están primeramente los grupos
territoriales. Se puede concebir, en efecto, que los representantes de
las
comunas de un mismo distrito, quizá de un mismo departamento,
constituyan el
colegio electoral encargado de elegir a los miembros de las asambleas
políticas. O bien se podría emplear este papel a los grupos
profesionales una
vez constituidos. Los consejos encargados de administrar nombrarían,
cada uno
de ellos, los gobernantes del Estado. En un caso como en el otro, la
comunicación sería continua entre el Estado y los ciudadanos, pero no
sería ya
directa. De estos dos modos de organización, hay uno que parece más
conforme
con la con la orientación general de todo nuestro desarrollo social. Es
cierto,
en efecto, que los distritos territoriales no tienen la misma
importancia, no
desempeñan el mismo papel vital de antaño. Los lazos que unen a los
miembros de
una misma comuna o de un mismo departamento son muy superficiales. Se
anudan y
desanudan con extrema facilidad, desde que la población se ha hecho tan
móvil.
tales grupos, tienen, pues, algo de exterior y de artificial. Los
grupos
duraderos, aquellos a los que el individuo aporta toda su vida, a los
cuales
está más fuertemente unido, son los grupos profesionales. Parece, pues,
que
éstos están destinados a convertirse, en el porvenir, en la base de
nuestra
representación política como de nuestra organización social.
LECCIÓN NOVENA
MORAL
CÍVICA (fin) / FORMAS DEL ESTADO - LA DEMOCRACIA
Luego de definir la
democracia, vimos que podía concebirse y practicarse de una manera que
altera
gravemente su naturaleza. Esencialmente, es un régimen donde el Estado,
aún
siendo distinto de la masa de la nación, está en comunicación estrecha
con
ésta, y donde, por consiguiente, su actividad tiene un cierto grado de
movilidad. Pero hemos visto que, en ciertos casos, esta comunicación
estrecha
podía llegar a una fusión más o menos completa.. El Estado, en lugar de
ser un
órgano definido, el foco de una vida especial y original, se convierte
en un
simple calco de la vida subyacente. No hace sino traducir en una
notación
diferente lo que piensan y lo que sienten los individuos. Su papel, no
es ya el
de elaborar ideas nuevas, puntos de vista nuevos, como podía hacerlo
gracias a
la forma en que está constituido, sino que sus funciones principales
consisten
en hacer un censo de las ideas, de los sentimientos más extendidos, los
que
tienen, como se dice, la mayoría. Resulta de este mismo censo. Elegir
diputados
es contar simplemente cuantos partidarios tiene tal idea en el país.
Tal
concepción es, pues, contraria a la noción de un Estado democrático, ya
que
ésta hace desvanecer casi totalmente la noción misma de Estado. Digo
casi
totalmente, pues, claro está, la fusión nunca es completa. No es
posible, por
la fuerza de las cosas, que el mandato de un diputado sea determinado
en tal
medida que lo ate completamente. Hay siempre un mínimo de iniciativa.
Pero es
ya mucho que exista una tendencia a reducir esta iniciativa al mínimo.
Por esto,
en tal sentido, dicho sistema político se aproxima al que se observa en
las
sociedades primitivas; pues, en una y en otra parte, el poder
gubernamental es
débil. Pero tenemos, al mismo tiempo, la enorme diferencia de que, en
un caso,
el Estado no existe aún, no existe sino en germen, mientras que en el
otro, la
desviación de la democracia está, por el contrario, muy desarrollada,
dispone
de una organización extendida y compleja. Y es justamente este doble
aspecto
contradictorio lo que muestra mejor el carácter anormal del fenómeno.
Por una
parte, un mecanismo complicado, sabio, con múltiples engranajes de una
vasta
administración, por el otro, una concepción del papel del Estado que es
un
retorno a las formas políticas más primitivas. De allí una mezcla
extravagante
de inercia y actividad. No se mueve por sí mismo, sino que queda a
remolque de
los sentimientos oscuros de la multitud, pero, por otro lado, los
poderosos
medios de acción de que dispone, hacen que sea susceptible de oprimir
pesadamente a estos mismos individuos de los cuales es, su servidor.
Hemos dicho también
que esta forma de entender y de practicar la democracia está enraizada
aún con
gran fuerza en nuestros espíritus. Rousseau, cuya doctrina es la
sistematización de estas ideas, aparece como el teórico de nuestra
democracia.
Pero, de hecho, no hay filosofía política que represente mejor este
doble
aspecto contradictorio que acabamos de señalar. Vista por una de sus
faces, es
estrechamente individualista; el individuo es el principio de la
sociedad, y
ésta no es sino una suma de individuos. Se sabe, por otra parte, que
autoridad
atribuye éste al Estado. Por lo demás, lo que prueba bien que estas
ideas
actúan entre nosotros, es el espectáculo mismo de nuestra vida
política. Es
indiscutible que, vista desde afuera, en la superficie parece tener una
movilidad excesiva. Los cambios suceden a los cambios, con una rapidez
sin
ejemplo; desde hace tiempo no ha logrado orientarse con éxito en un
sentido
fijo con cierta perseverancia y durante un período prolongado. Ahora
bien,
hemos visto que debía ser necesariamente así, desde el momento en que
la
multitud de individuos da el impulso al Estado y ordena casi
soberanamente su
marcha. Pero, al mismo tiempo, estos cambios superficiales recubren una
inmovilidad
rutinaria. Al mismo tiempo que se deplora el fluir siempre cambiante de
los
acontecimientos políticos, aparecen las quejas por la omnipotencia del
gobierno, por su tradicionalismo inveterado.. Este es una fuerza sobre
la cual
nada se puede. Como todos estos cambios superficiales se hacen, en
sentidos
divergentes, se anulan entre sí; no queda nada de ellos, salvo la
fatiga y el
agotamiento que caracterizan estas variaciones sin término. Por
consiguiente,
los hábitos fuertemente constituidos, las rutinas que no son alcanzadas
por los
cambios, tienen tanto mayor imperio sobre la situación; sólo ellas son
eficaces. Su fuerza proviene del exceso de fluidez del resto. Y no se
sabe en
realidad si es necesario quejarse o felicitarse, pues hay siempre un
poco de organización
que se mantiene, un poco de estabilidad y de determinación donde se
necesita
vivir. A pesar de todos sus defectos, es muy posible que la máquina
administrativa nos preste, en este momento, servicios muy preciosos.
¿De dónde viene el
mal observado? Es una concepción falsa, pero las concepciones falsas
tienen
causas objetivas. Es necesario que haya en nuestra constitución
política , algo
que explique este error.
Lo que parece
haberlo producido es este carácter particular de nuestra organización
actual,
en virtud de la cual el Estado y la masa de los individuos se hallan
directamente en contacto y en comunicación, sin que ningún
intermediario se
intercale entre ambos. Los colegios electorales comprenden a toda la
población
política del país, y de estos colegios sale directamente el Estado, al
menos el
órgano vital del Estado, la asamblea deliberante. Es pues, inevitable,
que el
Estado, formado en estas condiciones, sea más o menos un simple reflejo
de la
masa social, y nada más. Hay dos fuerzas colectivas enfrentadas: una,
enorme
porque esta constituida por la reunión de todos los ciudadanos, la
otra, mucho
más débil, porque no comprende sino a sus representantes. Es pues,
mecánicamente necesario, que la segunda esté a remolque de la primera.
Desde el
momento en que los particulares eligen directamente a sus
representantes, no es
posible que estos últimos dejen de dedicarse exclusivamente a expresar
con
fidelidad los deseos de quienes lo han elegido, ni que éstos dejen de
reclamar
esta docilidad como un deber. Sin duda, sería una política más alta
aquella en
que se dijera que los gobernantes deben gozar de gran iniciativa, y
que, con
esta condición podrán desempeñar su papel, que, por el interés común,
deben ver
las cosas de otra manera, y desde otro punto de vista que el individuo,
el
hombre comprometido en sus otras funciones sociales y que, en
consecuencia, hay
que dejar que el Estado actúe según su naturaleza. Pero hay una fuerza
de las
cosas contra la cual los mejores razonamientos nada pueden. Mientras
los
arreglos políticos coloquen a los diputados en contacto inmediato con
la masa
no organizada de los particulares, es inevitable que ésta haga la ley.
Este
contacto inmediato no permite al Estado ser él mismo.
He aquí porque
ciertos espíritus piden que los miembros de las asambleas políticas
sean
designados por sufragios de segundo grado o de un grado aún mayor. Es
cierto,
en efecto, que el único medio de liberar al gobierno es inventar
intermediarios
entre éste y el resto de la sociedad. Sin duda, es necesario que haya
comunicación continua entre éste y todos los otros órganos sociales;
pero es
necesario que esta comunicación no llegue a hacer perder al Estado su
individualidad. Es necesario que esté en contacto con la nación sin ser
absorbido por ésta. Y, para esto, es necesario que el Estado y la
nación no se
toquen inmediatamente. El único medio de impedir que una fuerza menor
caiga en
la órbita de una fuerza más intensa es intercalar entre la primera y la
segunda
cuerpos resistentes que amortigüen la acción más enérgica. Desde el
momento en
que el Estado sale menos inmediatamente de la masa, sufre con menor
fuerza su
acción; puede disponer en mayor medida de sí mismo. Las tendencias
oscuras que
actúan confusamente en el país no influyen más con el mismo peso sobre
sus
pasos y no encadenan tan estrechamente sus resoluciones. Sólo que este
resultado puede ser alcanzado únicamente si los grupos que se
interponen entre
la generalidad de los ciudadanos y el Estado son grupos naturales y
permanentes. No bastaría, como se ha creído a veces, intercalar
simplemente
especies de intermediarios artificiales, creados únicamente por la
circunstancia. Si se contentan sólo con constituir, por ejemplo, uno
por uno,
por colegios electorales que comprendan a la totalidad de los
ciudadanos, un
colegio más reducido, que, sea directamente, sea por intermedio de otro
colegio
aún más reducido, designara a los gobernantes, y que una vez cumplida
su tarea
desapareciera, el Estado así formado podría gozar de cierta
independencia, pero
entonces no cumpliría con la otra condición característica de la
democracia, no
estaría en comunicación estrecha con el conjunto del país. pues desde
que
aparece, el intermediario y los intermediarios que sirvieron para
formarlo,
habiendo cesado de existir, producirían un vacío entre éste y la
multitud de
los ciudadanos. No habría, entre éstos y aquél, ese intercambio
constante que
es indispensable. Si es importante que el Estado no esté bajo la
dependencia de
los particulares, no es menos esencial que no pierda el contacto con
éstos.
Esta comunicación insuficiente con el conjunto de la población es lo
que hace
la debilidad de toda asamblea reunida de esta manera. La misma está muy
separada de las necesidades y de los sentimientos populares; éstos no
llegan
hasta aquélla con una continuidad suficiente. Resulta de esto que uno
de los
elementos esenciales de sus deliberaciones no esté presente.
Para que el contacto
no se pierda nunca, es necesario que los colegios intermediarios así
intercalados no se constituyan sólo por un instante, sino que funcionen
por sí
mismos de una manera continua. En otros términos, es necesario que sean
los
órganos naturales y normales del cuerpo social. Hay dos tipos de
órganos que
pueden desempeñar tal papel. Primeramente están los consejos
secundarios
destinados a la administración de los distritos territoriales. Por
ejemplo, se
puede imaginar que los consejos departamentales o provinciales, electos
directa
o indirectamente, no importa, sean llamados a desempeñar esta función.
serían
ellos quienes designen a los miembros de los consejos gubernamentales,
de las
asambleas propiamente políticas. Esta idea ha sido, casi, la que sirvió
de base
para la elección de nuestro senado actual. Pero lo que permite dudar de
que tal
disposición sea la más adecuada a la constitución de los grandes
Estados
europeos es que las divisiones territoriales del país pierden cada vez
más su
importancia. Mientras cada distrito, comuna, región, provincia, tenía
su
fisonomía propia, sus costumbres, sus hábitos, sus intereses
particulares, los
consejos destinados para la administración eran los engranajes
esenciales de la
vida política. En ellos se concentraban inmediatamente las ideas y las
aspiraciones que trabajaban a las masas. pero, actualmente, el lazo que
une a
cada uno de nosotros con un punto del territorio que ocupamos es
infinitamente
frágil y se rompe con la mayor facilidad. Actualmente estamos aquí,
mañana
allá; nos sentimos tan bien en nuestra casa en tal o cual provincia, o,
al
menos, las afinidades especiales que tienen un origen territorial son
muy
secundarias y no producen una gran influencia sobre nuestra existencia.
Aunque
permanezcamos unidos a un mismo sitio, nuestras preocupaciones superan
infinitamente a la circunscripción administrativa en la que residimos.
La vida
que nos rodea inmediatamente, no es la que nos interesa más vivamente.
Profesor, industrial, ingeniero, artista, no son los hechos que se
producen en
mi comuna o en mi departamento los que me conciernen más directamente y
los que
me apasionan. puedo vivir regularmente mi vida entera aún ignorándolos.
lo que
nos atrae mucho más es, según las funciones que desempeñamos, lo que
pasa en
las reuniones científicas, lo que se publica, lo que se dice en los
grandes
centros de producción; las novedades artísticas de las grandes ciudades
de
Francia o del extranjero, tienen para el pintor o el escultor un
interés
distinto que los asuntos municipales; y se puede decir otro tanto de
los
industriales, que, por la naturaleza de su profesión, , se hallan en
contacto
con todo tipo de industrias y empresas comerciales dispersas sobre
todos los
puntos del territorio y aún del globo. El debilitamiento de los grupos
puramente territoriales es un hecho irresistible. Pero entonces, los
consejos
quepresiden la administración de estos grupos no están en condiciones
de
concentrar y expresar la vida general del país; pues la forma en la
cual esta
vida se distribuye y organiza no refleja, al menos en general, la
distribución
territorial del país. He aquí por qué pierden su prestigio, por qué se
invoca
menos el honor de residir allí, por qué los espíritus emprendedores y
los
hombres de valor buscan otro teatro para su actividad. Es que éstos son
órganos
en decadencia. Una asamblea política que se apoye sobre esta base no
puede dar
sino una expresión muy imperfecta de la organización de la sociedad, de
la
relación real que existe entre las diferentes fuerzas y funciones
sociales.
Y a que, por el
contrario, la vida profesional adquiere cada vez más importancia a
medida que
el trabajo se divide más, tenemos todo el derecho de que ésta está
destinada a
suministrar la base de nuestra organización política. La idea de que el
colegio
profesional es el verdadero colegio electoral ya está apareciendo, y
porque los
lazos que nos unen unos a toros derivan de nuestra profesión más que de
nuestras relaciones geográficas, es natural que la estructura política
reproduzca esta forma según la cual nos agrupamos espontáneamente.
Suponed
constituidas o reconstituidas las corporaciones según un plan que hemos
indicado: cada una tiene a su cabeza un consejo que la dirige, que
administra
su vida interna. ¿No estarían estos diversos consejos en maravillosas
condiciones para desempeñar el papel de colegios electorales
intermedios, papel
que los grupos territoriales no pueden desempeñar más que débilmente?
La vida
profesional no se interrumpe nunca; nunca descansa. La corporación y
sus
órganos están siempre en acción, y, consecuentemente, las asambleas
gubernamentales que se originaran no perderían nunca el contacto con
los
consejos de la sociedad, no se arriesgarían nunca a quedar aisladas en
sí
mismas y a no sentir demasiado pronto y demasiado vivamente los cambios
que
pueden producirse en las capas profundas de la población. La
independencia
quedaría asegurada sin que a comunicación se interrumpiera.
Tal combinación
tendría, por otra parte, otras dos ventajas que merecen considerarse.
Se ha
criticado a menudo al sufragio universal, tal como se lo practica
actualmente,
por su incompetencia radical. Se ha señalado, no sin razón, que un
diputado no
podría resolver con conocimiento de causa los innumerables problemas
que se le
someten. Pero esta incompetencia del diputado no es sino un reflejo de
la del
elector; y la de éste último es la más grave. Pues como el diputado es
un
mandatario, como está encargado sobre todo de expresar el pensamiento
de
aquello a quienes representa, éstos deben plantearse igualmente los
mismos
problemas y, en consecuencia, atribuirse la misma competencia
universal. De
hecho, en cada consulta, el elector toma partido sobre todos los
problemas
vitales que pueden plantearse en las asambleas deliberantes y la
elección
consiste en un recuente numérico de todas las opiniones individuales
emitidas
de esta forma. ¿Es necesario señalar que no podrían ser declaradas? No
sería
así si se organizara el sufragio sobre la base corporativa. Para lo que
concierne a los intereses de cada profesión, cada trabajador es
competente; no
es inepto para elegir a quienes pueden conducir mejor los asuntos
comunes de la
corporación. Por otro lado, los delgados que estos últimos enviaran a
las
asambleas políticas entrarían en ellas con sus capacidades especiales,
y como
estas asambleas ordenarían sobre todo las relaciones de las distintas
profesiones,
las unas con las otras, estarían compuestas de la forma más conveniente
para
resolver tales problemas. Los consejos gubernamentales serían entonces
verdaderamente lo que es el cerebro en el organismo: una reproducción
del
cuerpo social. Todas las fuerzas vivas, todos los órganos vitales
estarían
representados allí, según su importancia respectiva. Y en el grupo así
formado,
la sociedad tomaría verdaderamente conciencia de sí misma y de su
unidad; esta
unidad resultaría naturalmente de la relaciones que se establecerían
entre los
representantes de las diferentes profesiones en estrecho contacto.
En segundo lugar,
una dificultad inherente a la constitución de todo Estado democrático
es que,
como los individuos forman la única materia móvil de la sociedad, el
Estado, en
un sentido, no puede ser sino la obra de individuos, y, sin embargo,
debe
expresar algo totalmente distinto de los sentimientos individuales. Es
necesario que parta de los individuos, y que, con todo, los trascienda.
¿Cómo
resolver esta antinomia en la cual se ha debatido vanamente Rousseau?
El único
medio de hacer con los individuos algo distinto de ellos mismos, es
ponerlos en
contacto y agruparlos de una forma duradera. Los únicos sentimientos
superiores
a los sentimientos individuales son los que resultan de las acciones y
reacciones que se intercambian entre los individuos asociados.
Apliquemos la
idea a la organización política. Si los individuos aportan, cada uno
por su
lado, el sufragio para constituir el Estado o los órganos que debes
servir para
constituirlo definitivamente, si cada uno hace su elección aislado, es
casi
imposible que tales votos estén inspirados por otra cosa que por
preocupaciones
egoístas y personales: al menos, éstas tendrían preponderancia, y, así,
un
particularismo individualista estará en la base de toda la
organización. Pero
supongamos que tales designaciones se hacen como resultado de una
elaboración
colectiva; su carácter será totalmente distinto. Pues cuando los
hombres
piensan en común, su pensamiento, es, en parte, la obra de la
comunidad. Ésta
obra sobre ellos, pesa sobre ellos con toda su autoridad, contiene las
veleidades egoístas, orienta los espíritus en un sentido colectivo.
Así, para
que los sufragios expresen algo distinto de los individuos, para que
estén
animados desde el principio por un espíritu colectivo, es necesario que
el
colegio electoral elemental no esté formado por individuos vinculados
sólo por
esta circunstancia excepcional, que no se conocen, que no han
contribuido a
formarse mutuamente sus opiniones y que desfilarán, unos tras otros,
delante de
las urnas. Es necesario, a la inversa, que sea un grupo constituido,
coherente,
permanente, que no tome cuerpo por un momento, un día de voto.
Entonces, cada
opinión individual, porque se forma en ele seno de una colectividad,
tiene algo
de colectivo. Es claro que la corporación responde a este deseo. Porque
los
miembros que la componen están en contacto estrecho y constante, sus
sentimientos se forman en común y expresan a la comunidad.
De este modo, la
enfermedad política tiene la misma causa que la enfermedad social que
sufrimos.
Se debe a la ausencia de órganos secundarios entre el Estado y el resto
de la
sociedad. Estos óranos nos han parecido necesarios y para impedir al
Estado
tiranizar a los individuos; vemos ahora que son igualmente
indispensables para
impedir a los individuos absorber el Estado. Estos liberan a las dos
fuerzas
enfrentadas, al mismo tiempo que unen la una con la otra. Se ve cuán
grave es
esta falta de organización interna que hemos ya tenido ocasión de
señalar en
tantas oportunidades. En efecto, esta carencia implica un sacudimiento
profundo, y, por así decir, el reblandecimiento de toda nuestra
estructura
social y política. Las formas sociales que, antaño, encuadraban a los
particulares y servían como esqueleto de la sociedad, o bien han
desaparecido,
o bien están en camino de borrarse, y sin que nuevas formas tomen su
lugar. No
queda, pues, sino la masa fluida de los individuos. Pues el Estado
mismo ha
sido reabsorbido por ellos. Sólo la máquina administrativa tiene aún
cierta
consistencia, y continúa funcionando con la misma regularidad
automática. Sin
duda, la situación está lejos de no tener ejemplos en la historia.
Todas las
oportunidades en que la sociedad se forma o se renueva, pasa por una
etapa
análoga. En efecto, finalmente, de las acciones y reacciones
intercambiadas
directamente entre los individuos, se separa todo el sistema de la
organización
social y política; cuando ocurre que un sistema ha perdido vigencia por
el
tiempo, sin ser reemplazado por otro, a medida que se descomponía, es
necesario
que la vida social se remonte, en algún aspecto, a la fuente primera de
la cual
deriva, es decir a los individuos, para elaborarse allí de nuevo. Desde
que
éstos quedan solo, la sociedad funciones directamente por ellos. Son
éstos
quienes desempeñan, en forma difusa, las funciones correspondientes a
los
órganos desaparecidos o que corresponderán a los órganos que aún
faltan.
Suplen, por sí mismo, la organización que falta. Tal es nuestra
situación, y si
no es nada irremediable, si aún es posible ver en ella una fase
necesaria de
nuestra evolución no se puede desconocer lo que tiene de crítica. Una
sociedad
hecha de una materia tan inestable está expuesta a desorganizarse bajo
los
efectos de la menor sacudida. Nada la protege contra las cosas de
afuera o de
adentro.
Estas
consideraciones eran necesarias para llegar a explicar con qué espíritu
deben
entenderse, practicarse, enseñarse, los diversos deberes cívicos, por
ejemplo: el
deber que nos ordena respetar la ley, y el que nos prescribe participar
en la
elaboración de las leyes por nuestro voto, o, más generalmente,
participar en
la vida pública.
Se ha dicho
ocasionalmente que el respeto de las leyes, en una democracia, se debía
a que
la ley expresaba la voluntad de los ciudadanos. Debemos someternos a
ella
porque la hemos querido. Pero ¿cómo la razón valdría para la minoría?
Es ella,
sin embargo, quien tiene la mayor necesidad de practicar este deber.
Sabemos
que, en efecto, el número de los que, directa o indirectamente, han
querido una
ley determinada, no representa jamás sino una ínfima parte del país.
Pero, sin
insistir en estos cálculos, esta manera de justificar el respeto debido
a las
leyes es de las menos adecuadas para
inculcarla.
¿En qué se hace respetable una ley, incluso para mí, por el hecho de
haberla
querido? Lo que mi voluntad ha hecho, mi voluntad lo puede deshacer.
Esencialmente cambiante, no puede servir de base para nada que sea
estable. Se
sorprende a veces la gente porque el culto de la legalidad esté tan
poco
arraigado en nuestras conciencias, que estemos siempre dispuestos a
salir de
él. Pero ¿cómo tener un culto por un orden legal que puede ser
reemplazado de
hoy para mañana por un orden diferente, por una simple decisión de un
cierto
número de voluntades individuales? ¿Cómo respetar un derecho que puede
dejar de
ser el derecho, en cuanto deja de ser querido como tal?
Lo que hace
verdaderamente el respeto de la ley, es que ésta exprese adecuadamente
las relaciones
naturales de las cosas; sobre todo en una democracia, los individuos no
la
respetan sino en la medida en que le reconocen este carácter. No es
porque la
hemos hecho, porque ha sido querida por tantos votos por lo que
nosotros nos
sometemos a ella; es porque es buena, es decir, de acuerdo con la
naturaleza de
los hechos, porque es todo lo que debe ser, porque tenemos confianza en
ella. Y
esta confianza depende igualmente de la que nos inspiran los órganos
encargados
de elaborarla. Lo que importa, consecuentemente, es la forma en que la
ley se
realiza, la naturaleza de la organización especial destinada a hacer
posible el
desempeño de esta función. El respeto de la ley depende de lo que valen
los
legisladores y de lo que vale el sistema político. Lo que la democracia
tiene
de particular, e este respecto, gracias a la comunicación establecida
entre los
gobernantes y los ciudadanos, es que éstos están en condiciones de
jugar la
manera cómo los gobernantes cumplen su papel, dan o rechazan su
confianza con
un más completo conocimiento de causa. Pero nada más falso que esta
idea, que
sólo en la medida en que esté consagrada expresamente a la redacción de
las
leyes, tiene derecho a nuestra deferencia.
Queda el deber de
votar. No tengo que estudiar aquí lo que podrá ser en un porvenir
indeterminado, en las sociedades mejor organizadas que las nuestras. Es
muy
posible que pierda su importancia. Es muy posible que llegue un momento
en el
cual las designaciones necesarias para controlar los órganos políticos
se hagan
como por sí mismas, bajo la presión de la opinión, sin que hay
propiamente que
hablar de consultas definidas.
Pero actualmente la
situación es muy otra. Hemos visto qué tiene de anormal; por esta
razón, crea
deberes especiales. Sobre la masa de individuos reposa todo el peso de
la
sociedad. Ésta no tiene otro sostén.
Es, pues,
legítimamente como cada ciudadano, en cierto aspecto, se transforma en
hombre
de Estado. No podemos limitarnos a nuestras ocupaciones profesionales
porque de
momento, la vida pública no tiene otros agentes que la multitud de
fuerzas
individuales. Sólo que las razones mismas que hacen esta tarea
necesaria, la
determinan. Depende de un estado anómico que es necesario, no sufrir,
sino
trabajar para hacerlo desaparecer. En lugar de presentar como un ideal
esta
falta de organización que se califica injustamente como democracia, es
necesario ponerle un término. En lugar de dedicarnos a conservar
celosamente
estos derechos y estos privilegios, es necesario remediar el mal que
los hace provisoriamente
necesarios. Dicho de otra manera, el primer deber es prepara lo que nos
dispensará cada vez más de un papel para le cual no está hechos el
individuo.
Para esto, nuestra acción política consistirá en crear esto órganos
secundarios
que, a medida que se formen, liberarán a la vez al individuo del Estado
y al
Estado del individuo y permitirán, paulatinamente, la liberación de
este último
de una tarea para la cual no está hecho.